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Agustín LÓPEZ GAUNA: "¿El cristianismo… para  Kierkegaard?"

Semejante pregunta me deja en apuros. Pretender responderla necesariamente significa que he comprendido el tema por el que se pregunta, y aunque la lógica textual sea fácil y obvia de entender, ¡ojalá así lo fuera en el contenido! ¿Cómo escaparme de mi propia interpretación, donde lo que abunda son precisamente concepciones subjetivas? ¿Pero qué digo? ¿Acaso entonces pretendo hablar y hacer de las enseñanzas del Gran Danés un estudio objetivo y lograr dar con la “verdad kierkergaardiana” de manera clara, exponiéndola fácilmente al entendimiento de todo el mundo? De esta manera, ¿no estaría faltando precisamente, como si de un robo a mano armada se tratase, de obtener algo de lo que ya no me pertenece? En tal situación ¿cuáles son las garantías para presentar mi conocimiento fehacientemente? ¿Extraer citas directas, con lujo de detalle, de las obras de Kierkegaard? ¿Nombrar con exactitud términos empleados por él en su propio lenguaje? ¿Mientras, paralelamente, cuido el contexto histórico al que Kierkegaard perteneció? ¿Identificar cuál fue el rol que tuvo que cumplir para la propia historia, es decir, su aporte al Espíritu Universal, como Hegel concebía los fenómenos humanos?  ¿Estar al tanto de los consensos intelectuales académicos, y así comparar resultados de estudios diferentes de eruditos en la materia? En fin, ¿cómo hacer de mi respuesta un sistema de pensamiento?
No me queda más remedio que saltar sobre todo este dilema.  Eso sí, a pesar de estar mirando hacia adelante, aún en el impulso del salto, no debo olvidarme del cuestionamiento precedente, pues se trata precisamente de la dialéctica que forma parte de la tensión que conlleva hablar sobre este tema en particular. Tensión,  así es. Porque el salto significa que el abismo que separa una pendiente de otra permanece, en lugar de querer, tal vez por capricho, unir ambas en suelo sólido, ilusorio, donde caminar con tranquilidad… eso: querer siempre tranquilidad. Aquí no puede suceder eso. El danés no estaría de acuerdo…
Que yo hable de cristianismo en Kierkegaard, debe tener como punto de partida estas preguntas: ¿Qué es ser cristiano? y ¿Cómo llega uno mismo a ser cristiano? Para intentar responderlas, siempre con lo kierkegaardiano in mente, debemos tener dos maestros: uno humano, finito y temporal, que es SÓCRATES, y otro, el verdadero, encarnado como humano pero de origen divino, infinito y eterno: CRISTO.
El tercer maestro no puedo nombrarlo, se encuentra escondido; su voz puede oírse, pero susurra en secreto. Se comunica siempre de forma indirecta, con el objetivo de lograr tener acceso directo al corazón de su lector. El contenido de esa voz está necesariamente enrevesado con el efecto producido en quien lo lee; es una comunicación existencial, por eso es literalmente imposible explicar a modo de lección qué dice este maestro verdaderamente: SøREN AABYE KIERKEGAARD; pues esa verdad… es una verdad que es para mí. El contenido, en su valor, es apropiado por mí.
Proceder a continuación a explicar lo que acabo de escribir con la actitud y exigencia académica seria que se demanda en estudios serios y académicos entre eruditos, me impondría sin dudas páginas y páginas por escribir. Eso aquí no es necesario, principalmente porque lo necesario es que precisamente no lo haga, y por el contrario preserve la ambigüedad, la falta de definición, y la sensación de incompletitud. Debo entonces, para poder hablar sobre Kierkegaard, seguir ciertos parámetros que representen fidelidad a lo que uno mismo, como lector, se topa en sus obras; debo hablar sobre qué entiendo yo en cuanto a la forma y contenido de lo que extraigo del corpus kierkegaardiano.
Si hay algo que resalta constantemente es la dialéctica que hay entre cada aspecto del discurso. Hablar de Kierkegaard es establecer una dialéctica. Cualquier conocimiento que obtenemos de él no es directo, a modo de lecciones filosóficas que uno encuentra en obras del idealismo alemán, como en Kant, Fichte o Hegel. Kierkegaard no relata de manera objetiva, neutral lo que dice para hacer de sus lectores meros recipientes vacíos que han de ser llenados con nuevo conocimiento especulativo. El lector es un agente activo de la comunicación, es parte en la producción de conocimiento, y sobre todo, de decidir apropiárselo, o no. Al presentárseme la posibilidad de elegir, mi yo se involucra, pues en la decisión no sólo escuchamos aquello que hace la propuesta, y luego a la propuesta misma, sino que necesariamente además debo escuchar-me, esto es, reflexionar-me para libremente elegir aquello presentado, o no hacerlo, o, en última instancia, tomar consciencia de que había una elección y podía elegir.
Puede resultar extraño al lector que me decida hablar sobre todo esto teniendo en cuenta que el tema aquí es el cristianismo, y bien uno podría definirlo simplemente como seguir a Cristo (derivando al lector, para mayor información, directamente a las Sagradas Escrituras), dando a entender que debería más bien hablar sobre el Cristo de Kierkegaard para finalmente responder. Precisamente el tema es complejo, no porque sea difícil en sí, sino que, repito, la comunicación debe necesariamente representar el esfuerzo no solo intelectivo pero también afectivo del lector, y del escritor.
Cristiandad, o “cristianicismo. Podemos establecer algunas pautas históricas en común para entender ciertas acciones en  Kierkegaard. Sin dudas, una de ellas es su propio contexto, que le llevó a reflexionar y darse cuenta qué ocurría. En un mundo donde ser cristiano era algo tan natural como nacer con ojos, orejas, nariz y boca, nadie se preocupaba  u ocupaba por pensar qué era ser un cristiano, y mucho menos cómo se llegaba a serlo. Simplemente se era sin más. Aquí es donde Kierkegaard se detuvo. Él pudo ver la gran hipocresía en la religión de su propia época, el luteranismo danés (en su caso mezclado con cierto grado de pietismo, desde la cuna por herencia paterna) donde la contradicción que se evidenciaba más inmediatamente era entre el discurso y la acción, entre las palabras, La Palabra, y la vida de aquellos que se decían así mismo cristianos, cuando precisamente esa cristiandad se convirtió en lo que propio Cristo vino a este mundo a abolir. Para lograr vencer esta contradicción, Kierkegaard procedió a tratarla como una enfermedad, donde su principal síntoma era la ilusión. Esta enfermedad no podía ser contrarrestada desde un mero análisis y exposición metafísica, filosófica o psicológicamente entendida. Tenía que, precisamente en su método, contener la receta y el remedio, y debía ser administrado no a un público generalizado, sino que debía llegar a cada uno de los individuos que conformaban esa gran masa. Precisamente sacarlos uno a uno. Una tarea colosal; imposible, entendida desde lo humano, sino fuera porque precisamente Kierkegaard entendió su tarea como una misión divina encargada por la Providencia.
Kierkegaard no se va a preocupar al estilo de los Padres y Doctores de la Iglesia en explicar, profundizar y expandir el conocimiento teológico como uno encuentra en SAN AGUSTÍN, SANTO TOMÁS, o SAN ANSELMO, para nombrar algunos. Sí se interesará en recobrar la vitalidad presente en el cristianismo primitivo, la fe desde el corazón, llegando tan lejos su rastreo hasta ABRAHAM, Padre de la fe. Todo ello para comparar su época de 1800 años desde la muerte de Cristo, siempre tratando conceptos teológicos desde ese punto de vista vital y existencial, intentando rehabilitar la verdadera pasión del cristiano, una vez identificada ésta como tal.
Como pilar para llevar adelante esta misión de combatir la ilusión de lo verdadero, Kierkegaard reconoce sólo una personalidad que le precede en toda la historia de la humanidad: SÓCRATES. El ateniense también tuvo que lidiar en su época contra los rivales que relativizaban el conocimiento humano, y de lo divino, haciendo de la Verdad, el Bien, y lo Bello, una cuestión de medida antropocéntrica: los sofistas. Kierkegaard tomará la metodología socrática, como su ironía, ignorancia, y mayéutica, para insertarla en su tratamiento médico. En opinión de Kierkegaard la cristiandad danesa, al igual que en la Atenas de aquel tiempo, precisaba de un nuevo tábano que le picara para que despertara y pudiera tomar conciencia de su situación crítica, a la vez de descubrir su remedio. La complejidad y la dificultad era precisamente ser un obstáculo para los demás, y no facilitar las cosas. No aportar respuestas, sino preguntas. Y no sólo a los demás, el propio Kierkegaard era el primer paciente de esta enfermedad: se reconoció no ser auténtico cristiano, y al hacerlo, precisamente por ello, le habilitaba preguntarse qué es serlo, y cómo se podía llegar a serlo: en un mundo donde todos se decían a sí mismo cristianos, Kierkegaard reconoció que era sino un ignorante.
La dimensión existencial de su tarea, recaía precisamente como deber de reduplicación de lo que Kierkegaard concebía como lo auténtico cristiano: había que sufrir por la Verdad, como Cristo, el Camino. Así entendió que esta tarea encargada solamente a él, debía dirigirlo al martirio. Su vida y obra están íntimamente ligadas entre sí, porque éstas a la vez lo están con los mandamientos de Cristo. Toda obra suya necesariamente se encuentra elaborada para representar el amor al otro, el deber de amar al prójimo, amándose a uno mismo, precedido todo ello por el amor absoluto a Dios. Kierkegaard representa en el uso de pseudónimos la mayor aproximación posible a los diferentes estilos de vida que el ser humano podía tener, desde los más alejados hasta los más cercanos a Dios. En la dialéctica que establecía, intentaba representar los límites no sólo de cada una de las esferas existenciales sino de cada rama del conocimiento que, como instrumentos, hacía uso e implementaba en su descripción: sea esta desde orden teológico, filosófico, lo psicológico, lo literario, lo sociológico, lo político, lo científico, etc. Deseaba incluir la multiplicidad de voces de todo lo finito y temporal, para llamar su atención hacia la unicidad en Dios. La reflexión de cada sujeto, sea este incluso en algunos casos inexistentes, o luego despertada por otro pseudónimo, interactuando entre sí, permitía al lector conocerse y re-conocerse en la reduplicación textual vis a vis con su existencia, y así lograr ser consciente en la propia decisión de elegir o no permanecer en ese estilo de vida, o reconocer aquello que realmente es bueno para él.
Es imposible, a mi entender, recomendar una obra sola de Kierkegaard para entender cuál era su concepción de lo cristiano, no hay, porque precisamente su corpus completo es una obra de amor cristiano, que intenta definir, a la vez que representa, lo cristiano como tal, no solamente exponiendo la doctrina, a veces de forma directa, otras indirecta,  sino siempre en amor y en referencia la persona en su multiplicidad. Kierkegaard desea curar la crisis, cumpliendo con su misión, pero, a la vez, lo hace porque la ama.
Aquí Kierkegaard se aleja de Sócrates, le agradece y se va (demostrando así lo auténticamente socrático), ya que finalmente su verdadero maestro, como bien él mismo lo dice, sólo es uno: Cristo. Sócrates es un médium que permitió y permite conocer la Verdad hasta cierto punto, pero sólo a través de su des-conocimiento (la ignorancia socrática; la negatividad como resultado de todo conocimiento humano). Esta purga socrática nos lleva a reconocer—reconocer, sí, porque siempre estuvo allí, como esperando—  la mano que nos sostiene para obtener lo que verdaderamente importa en nuestra vida y nuestra muerte, y que necesariamente nos ha de unir a todos algún día.
Ser cristiano para Kierkegaard entonces, podría responderse sólo si nos lo preguntamos a nosotros mismos. Él puede ayudarnos… a dar sólo con dificultades, porque el amor, el verdadero amor, se esfuerza siempre.
 
“Un poco más de tiempo
 y habré vencido.
 La lucha toda
 de pronto se habrá desvanecido.
 Entonces podré descansar
 en sala de rosas
 e incesantemente
 hablar con mi Jesús ".
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