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Mario Germán GIL CLAROS: LA ÉTICA DE KIERKEGAARD: ENTRE SÓCRATES Y DIOS

Doctor en Filosofía - Profesor de la Universidad Santiago de Cali - Colombia

“… yo, por mi parte, he adherido tranquilamente a Sócrates.

Es cierto, no era cristiano, lo sé, y, sin embargo, estoy total-

mente convencido de que lo hubiera sido. Pero era un dialéctico,

todo lo concebía en términos de reflexión. Y la cuestión que aquí

nos ocupa es puramente dialéctica, es la cuestión de usar la reflexión

en la cristiandad. Estamos tratando aquí de dos magnitudes cualitati-

vamente diferentes; pero en un sentido formal puedo llamar perfecta-

mente a Sócrates mi maestro, mientras que sólo he creído, y sólo creo,

en uno: nuestro señor Jesucristo”.

Sören Kierkegaard. Mi punto de vista. (1972, p. 64)

 A. A manera de introducción

Kierkegaard, pensador que ha recibido la influencia kantiana en lo que respecta a su filosofía crítica, quien a partir de una mirada particular asume los problemas y asuntos filosóficos de una manera concreta, desde la singularidad humana y los avatares de la existencia; no a partir de una posición especulativa de la mera razón.

Kierkegaard nos invita a pensar, a tomar distancia y a la vez involucrarnos con el momento, el presente, desde lo que soy, como individuo de pasión, de sufrimiento, de pensamiento. Kierkegaard Migajas filosóficas (1999, p.51) “Esta suprema pasión del pensamiento consiste en querer descubrir al que ni siquiera puede pensar”. Esto último reflejado en lo que él ha llamado la actitud mayéutica, que estimula la comunicación y el diálogo con el otro, como experiencia concreta, destacando que la reflexión filosófica de Kierkegaard en su postura de vida, se encuentra enmarcada en un diálogo consigo mismo, es decir, en una franca actitud filosófica, en la que brilla el cuestionamiento de la vida misma de quien la asume, a partir de actitudes que procuran lo mejor de dicha existencia, implicando de manera tormentosa una experiencia directa con quien está a mi lado, o hacia quien me dirijo por medio de lo que escribo. Nos encaminamos a un sujeto desgarrado en su mundo interior y exterior, que trata de reconstruirse por medio de una actitud ética. Tal como lo veremos en el presente escrito.

B. Ética para la vida. Cuestión de elección.

Mirarse a sí mismo y sorprenderse de dicha condición, es pieza clave para el cultivo de la disposición filosófica, que nos ha de llevar a una toma de decisión asumida como postura de vida, reflejada en una actitud ética. Es lo que nos señala la reflexión de Sören Kierkegaard a través de sus distintos manuscritos. Esta postura de vida está signada por escudriñar el estado de ánimo y la forma de pensar de quien la asume. El inicio de todo pensar en el hombre moderno está cruzado por la íntima pregunta de su situación y condición en el mundo en medio de su soledad. Pregunta cargada por un conocimiento y un diálogo subjetivo que lo confronta, para estar preparado hacia la vida, en la elaboración de un ethos que facilita ser mayores de edad desde ese diálogo consigo mismo. Kierkegaard. Diapsalmata. (1974).

Kierkegaard, en Estética y ética en la formación de la personalidad. (1959), destaca tres momentos esenciales en la vida de todo individuo: la estética, la ética y la religión, a partir de una elección de vida. Veamos.

En muchas circunstancias, los individuos se encuentran abocados a tomar una decisión y elección que va a afectar su radical forma de vida; esta elección, en mayor o en menor grado, depende de lo que ella signifique. A diario elegimos y decidimos cosas, muchas veces de manera automática. Pero, aquellas cosas que cambian profundamente nuestra manera de vivir, a esas dedicamos una mayor reflexión y tiempo para tomar la opción acertada, adecuada y justa. Ante esta situación se pone a prueba existencialmente la autonomía kantiana, que rompe ante sí misma la máscara (personalidad) que llevamos ante los demás. Máscara que impide develarnos y mostrarnos tal como somos en toda su dimensión. Es decir, lo que dice Kierkegaard: mostrar nuestra naturaleza en lo más intrínseco. Hoy difícilmente apenas se puede manifestar, en medio de una compleja red de escenarios enigmáticos y extraños para el sujeto en su conjunto, en una especie de alienación espiritual y material que se vive en el mundo del consumo y del relativismo en los comportamientos. Kierkegaard ante este hecho, propone en su contexto histórico una reconstrucción de sí mismo, como energía necesaria en aquel que, en su talante, inyecta propósitos de vida que han de marcar la magnitud de su personalidad. Kierkegaard (1959, P.15) “La elección es decisiva para el contenido de la personalidad; por la elección ella se hunde en lo que ha sido elegido, y si no elige, se empobrece”.

En todo proceso de elección aparece el instante, frontera entre lo que se es y lo que será, en él están presentes el sentimiento, el ánimo, la pasión y el deseo; además de la reflexión crítica y deliberativa. El instante es una mirada que escruta y desnuda a quien lo asume en el momento de elegir. Se caracteriza, además de ser breve o largo, por depender de la circunstancia y afecta la condición de vida, por quien elige ser dueño de sí mismo y de la situación en la que se encuentra desde una condición singular e íntima, no existe un segundo o un tercero para elegir por él, como se destaca en el principio de la autonomía kantiana. El instante kierkegaardiano semeja el estado de iluminación, máximo momento de claridad del pensamiento y de la verdad en quien lo toma.

En toda elección ya existe un interés, una intención en quien ha sido afectado por la gravedad del momento, que ha provocado un cambio profundo en su existencia. La elección es un acto ético que transforma nuestra condición de ser, contraria a la elección estética, la cual busca la forma, la apariencia, sin llegar a modificar en el fondo nuestra individualidad. Kierkegaard (1959, p. 20) “La elección estética es del toda inmediata, y por esa razón no es una elección, o bien se pierde en la diversidad”. Este tipo de elección no marca el talante, el ethos, en un mundo en el que a diario se cambia y se elige cualquier cosa a cada momento como lo es la moda, de la cual Baudelaire hiciera una excelente descripción en el siglo XIX. La elección ética es más compleja, tiene que ver con mi condición individual de afrontarla. Kierkegaard (1959, p.20) “Si quieres comprenderme correctamente estoy dispuesto a decir que lo que más vale en la elección no es elegir lo que es justo, sino la energía y la pasión con las cuales se elige”.

La actitud como postura de vida se enmarca en la elección de lo que se desea como disposición. Elegir significa para Kierkegaard saber elegir bien y no en falso y quien determina una buena elección es el carácter ético. Kierkegaard (1959, p. 22) “Ante todo, mi aut-aut no significa la elección entre el bien y el mal, significa la elección por la cual se los excluye. Se trata de saber bajo qué determinaciones se quiere considerar toda existencia y vivir uno mismo”. No es, pues, la estética la que determina una vida buena, que para Kierkegaard representa la indiferencia, lo frágil, lo ligero; es la ética la que hace inicialmente al hombre en sus actos, emanados de su intimidad, principio de libertad. Esto último apunta a una existencia plena, a una vida en la cual se puede conocer y vivir acorde con lo que uno es. Socráticamente, en aquel que se conoce a sí mismo como hombre libre. El acto ético es fruto de la realidad de la elección, que da confianza, seguridad, serenidad y firmeza en haber elegido bien. Soy lo que soy, lo que deseo ser en mi manera de consolidarme en mi proyecto de vida. Kierkegaard (1959, p. 33) “Cuando todo se ha vuelto sereno, solemne como una noche estrellada. Cuando el alma está sola en el mundo entero, entonces aparece ante ella, no un ser superior, sino la potencia eterna misma, el cielo se entreabre, por así decir, y el yo se elige a sí mismo o, más bien, se recibe a sí mismo”.

La ética de Kierkegaard tiene un alto componente socrático en su reflexión sobre el hombre arrojado al mundo, en cuyo trajinar alza la mirada hacia el cielo cristiano, en la búsqueda de respuestas, en la consecución de una paz para consigo mismo. La riqueza del acto ético está en la capacidad y disposición de elegirse a sí mismo, de ser uno mismo desde lo humano, el cual se propone situaciones que le invitan a lograr lo que se procura. O sea, un individuo que siente, con postura y disposición concretas; no aquel hombre formal, normativo, carente de alegría, en el que prevalece una profunda sensación de vacío de vida, escondido en una máscara, en una apariencia, tal como lo criticará a la modernidad Alasdair Macintyre. Tras la Virtud. (1987). Kierkegaard (1959, p.34) “Por lo tanto, es la elección absoluta la que plantea a la ética, pero esto de ningún modo excluye a la estética. En la ética la personalidad está centrada en sí misma, la estética queda excluida en forma absoluta o bien es excluida como absoluto, pero permanece siempre de modo relativo. La personalidad al elegirse a sí misma, se elige de modo ético y excluye la estética en forma absoluta; pero, desde que se elige a sí misma y continúa siendo ella misma, sin convertirse en otra naturaleza por el hecho de esa elección, toda la estética entra dentro de su relatividad”.

Una vida estética es para el momento, para lo que se es en dicho lapso. Su característica, como la ha entendido Baudelaire en su obra El pintor de la vida moderna (1995), por medio de la figura del dandy, es una subsistencia para el presente fugaz, del cual extrae su belleza, su encanto y eternidad. Kierkegaard la define de la siguiente forma (1959, p. 35): “La estética en un hombre es aquello por lo cual ese hombre es, inmediatamente, lo que es”. Nos encontramos ante un hombre cuya existencia es lo inmediato y de un saber limitado, de lo pragmático, de lo que sirve y puede ser desechable; evitando una carga pesada para su vivir, no hay una constitución o construcción de sí mismo, como se presenta en la ética. Este tipo de vida estética procura lo suave, lo transitorio y la velocidad, características de las sociedades postmodernas; evita el menor sufrimiento posible, que está bien, pero que raya en la indiferencia o en la pasividad ante el otro, se refugia en el goce, evita la explicación, el concepto o la confrontación consigo mismo y desde luego con el otro. Su lema es, Kierkegaard (1959, p. 37): “Hay que gozar de la vida”. Que en su realización hay que buscarla no en el sujeto, sino en el mundo, en las cosas. Ontológicamente es determinado por lo inmediato, por un exagerado narcisismo, por una negación de la muerte, manifestado en una preocupación perversa por la salud y el cultivo de cuerpos bellos. Frente a esta posición estética de la vida, Kierkegaard en el siglo XIX, propone una actitud ética, la cual se define por su vitalidad, por ser de carne y hueso, por ser parte de la naturaleza humana.

El hombre de la estética es para Kierkegaard, el que vive en la soledad, en el vacío y en la angustia manifestada en la melancolía. En síntesis, es incapaz de conocerse y de cuidarse a sí mismo. Su única satisfacción es el deseo de…, motor que le impulsa a nuevas experiencias que, a la vez, generan más insatisfacciones, en medio de la dispersión de su espíritu en el que se encuentra atrapado; pues está con todos, con la moda, asiste a grandes espectáculos de masas, pero sintiéndose solo, en la melancolía, en la angustia del alma burguesa, la cual experimenta un extraño enrarecimiento y una profunda tristeza, no sabe precisar qué es lo que le afecta, por la razón de que no es dueño y guía de su existencia. Kierkegaard (1959, p. 49) “Si se pregunta a un melancólico cuál es la causa de su melancolía, de lo que le oprime, contestará que no lo sabe, que no puede explicarlo. En eso consiste lo infinito de la melancolía”. En él no hay un sincero querer alguno, al contrario, se puede apreciar en su integridad una apatía hacia grandes proyectos que impliquen una entrega real hacia lo que se quiere; si lo hace surgen la ansiedad, la desesperación, el afán de la inmediatez, se fatiga rápidamente ante el trabajo intelectual, busca la receta y se contenta con explicaciones superficiales. Es el hombre del momento, el cual no ha tomado conciencia de sí mismo, en saber su posición, en escrutarse, en saber elegir. Como lo señala Kierkegaard (1959, p.76): “Uno se elige a sí mismo en su validez eterna”. Esto último apunta a un individuo que se comprende y comprende el mundo en su simplicidad. Al comprender, tenemos la facilidad de poder elegir acertadamente lo que queremos. Contrario a la duda, principio de desesperación en aquel que no cree, es más no cree en sí mismo, vuelca su mirada hacia lo objetivo, lo externo, tabla de salvación en una radical negación de sí mismo.

La libertad en Kierkegaard es lo más abstracto y concreto a la vez, permitiéndonos ser lo que realmente queremos, sin apariencia estética, sin máscara o maquillaje alguno. Ella nos expone tal cual como somos ante la mirada del otro. No es preciso recurrir a múltiples personalidades, que es lo que caracteriza al hombre moderno. Elegirse a sí mismo y no lo otro, lo externo, es un acto esencial de salvación individual, de descubrir que se tiene una historia, una biografía, única forma, en primera instancia, de poder llevar a cabo cualquier sentido o significado de lo que soy y de lo que represento responsablemente ante mí mismo y ante los demás. Es decir, elegirse a sí mismo se constituye en un acto espiritual; modernamente en una toma de conciencia de lo que es la existencia, vista a través de la ética, en la que develamos nuestra condición espiritual ante la fe kierkegaardiana. Elegirse a sí mismo como acto ético, es una acción de coraje ante lo trivial y superfluo en nuestros comportamientos diarios. Una vida ética afirma la individualidad y la diferencia, en la que se realiza infinitamente, mientras vivamos y dejamos huellas inacabadas después de morir. En consecuencia, toda elección ética se especifica por su dinamismo concreto en cada individuo. Kierkegaard (1959, p. 105) “Por consiguiente, el que se ha elegido a sí mismo es eo ipso activo”. Se obra en sí mismo y se refleja en una manera de ser muy particular. Kierkegaard (1959, p. 130) “El individuo tendrá entonces conciencia de ser ese individuo preciso, con esas capacidades, esas disposiciones, esas aspiraciones, esas pasiones, influido por un ambiente preciso”. Elegir éticamente corresponde a un acto íntimo, a una soledad, a un instante, en la consecución de la libertad en el momento que se toma la decisión de crearse y de obrar en sí mismo. Es el individuo del acontecimiento, lo valora en sus diversas manifestaciones, incluso en lo más insignificante; es el que detiene el último aliento ante las dificultades, el que tiene la posibilidad de encontrar salidas en los momentos más críticos.

La ética kierkegaardina es la del individuo que toma conciencia de sí mismo, de su momento, de su elección. Kierkegaard (1959, p. 133) “Recordaré la definición de la ética, antes expresada: la ética es lo que hace que el hombre devenga lo que deviene; por lo tanto no hace del hombre algo distinto de sí mismo; no aniquila lo estético, sino lo transfigura”. Nos encontramos ante una ética convencida de su actuar, de su fortaleza, de quien ha optado por dicha postura. Kantianamente, este individuo ético lleva en el interior de su ser el principio de responsabilidad y de deber. Kierkegaard (1959, p. 135) “Él se ha revestido con el deber, que es para él la expresión de su naturaleza más íntima”. La elección permite una radical posición ética de toda existencia convencida de su proceder particular en el mundo. Kierkegaard (1959, p. 139) “ el que se elige a sí mismo éticamente se posee a sí mismo como tarea, no como posibilidad, no como juguete para su capricho. No puede elegirse éticamente sino eligiéndose en la continuidad y de ese modo se posee a sí mismo como tarea diversamente determinada”. La ética es una construcción permanente, es un constante devenir – siendo en la vida, que sólo culmina con la muerte de quien la asume conscientemente. Es reconocer el estado inacabado de nuestras vidas. En la ética nos damos a sí mismos en nuestra conciencia, en nuestra manera de sentir, de pensar. Es abordarse desde la mirada socrática en la pregunta que se le hace a Alcibíades, a partir de una reflexión práctica de la existencia. Kierkegaard (1959, p.141) “El individuo ético se conoce a sí mismo, pero ese conocimiento no es una simple contemplación, pues entonces el individuo sería determinado según su necesidad; es una reflexión sobre sí mismo que es, al mismo tiempo, una acción, y por eso me he constreñido a la expresión “elegirse a sí mismo” en vez de ‘conocerse a sí mismo’. Por consiguiente, el individuo, al conocerse a sí mismo, no ha terminado; al contrario, ese conocimiento es muy fecundo y de él surge el verdadero individuo”. Florece así, un individuo cuya fuerza es inmanente y se proyecta al mundo. Kierkegaard (1959, p. 141) “Sólo en sí mismo puede el individuo obtener información acerca de sí mismo”. Elegirse a sí mismo es garantía de seguridad, de autonomía, de libertad, en la realización de lo que pretendemos por medio de nuestro proyecto de vida; constituyéndose en una manera de afianzarse a sí mismo desde la ética como actitud filosófica. He aquí una vida activa, que vale por su intensidad y no por su diversidad; o sea, vale por lo que uno asume responsablemente. Kierkegaard (1959, pp. 156-157) “Por lo tanto el deber no es de ninguna manera algo abstracto, por una parte, porque no es algo interior a él, pues en ese caso siempre sería abstracto, y, por otra parte, porque la personalidad misma es concreta, pues al elegirse éticamente se elegía en toda su concreción y renunciaba a la abstracción de lo arbitrario”. En esta dirección, una vida ética establece una comunicación con la estética, cuando se elige existencialmente la verdad y la seguridad. Kierkegaard (1959, p.157) “Sólo cuando se vive éticamente tendrá la propia belleza, verdad, importancia, seguridad”. Es así que tenemos una estética encarnada en una vida regulada por principios éticos, en la búsqueda de la realización de sí mismo, convirtiéndose en una especie de héroe del común al asumir este tipo de postura ética, como vocación que ha de engrandecerlo. Kierkegaard (1959, p. 191) “Se puede conquistar países y reinos sin ser un héroe; siendo dueño de uno mismo se puede ser un héroe”. Vida heroica que, en esencia filosófica, se encarga de develar lo oculto de nosotros mismos y ponerlo a la luz del día. Kierkegaard (1959, p. 222) “La ética dice que la importancia de la vida y de la realidad consiste en que el hombre se ponga de manifiesto”. Posible por medio de una actitud, como toma de posición que ha de tener el individuo ante el mundo. La ética lo que hace es develar mis maneras específicas de ser, para así instalarme en el orbe, entablar relaciones a partir de un reconocimiento mutuo; tal como lo describe Kierkegaard en Temor y Temblor (1968, p.60) “Lo moral es como tal lo general, y bajo este título lo que es aplicable a todos; lo cual puede expresarse todavía desde otro punto de vista diciendo que es aplicable a cada instante”. En esta orientación, la moral es la puesta en práctica de nuestra ética para comenzar la relación con el otro.

Ahora bien, en la intimidad amo al otro, al prójimo, interiorizado en la ética, límite y contenido de lo universal; determinando así hasta dónde se puede llegar en dicha relación con el otro, sin que la intimidad sufra los descalabros que pueda causar el mundo. En esta relación está presente la mediación de la actitud, que en el caso de Kierkegaard sería una disposición, fuertemente individualizada, guardando diferencia con lo universal, lo abstracto. Es un principio de diferenciación, que evita a toda costa ser borrado por lo que él ha llamado la masa. Kierkegaard (1968, p. 84) “Y si se cree que es relativamente fácil existir en calidad de individuo, se muestra indirectamente una muy inquietante indulgencia con respecto a uno mismo, porque si verdaderamente se tiene respeto de sí y cuidado del alma, se está seguro que quien vive bajo su propio control, solo en el mundo entero, lleva una vida más austera y más cerrada que la de una jovencita en su habitación”. Nos hallamos ante un individuo cuya actitud se caracteriza por ser dueño de sí mismo, por ser autónomo en sus formas de pensar y de actuar. Kierkegaard (1968, p. 84) “Todo depende de la actitud que se adopte”.

Es pues que para que exista un efectivo reconocimiento ante el otro y del otro, demanda desocultarme ante su mirada, labor que realiza la ética, la cual nos ayuda a enfrentar los avatares que se nos presentan en este develamiento ante el mundo. Es, en síntesis, un espíritu guerrero, con temple y sincero para consigo mismo. El héroe kierkegaardiano asume esta empresa ante su presente, el cual muchas veces nos hace olvidar lo que somos, se ignora, no se comprende, provocando momentos de soledad, melancolía y angustia, rodeado de lo cómico y del consumo, características de nuestra época. Podemos decir que el héroe en Kierkegaard, precisa de una actitud espiritual para su real compromiso, efectiva realización y afirmación de sí mismo, en lo que es su verdad y la verdad del mundo. Verdad que implica conocerse y elegirse a sí mismo, para así poder pisar con plena convicción y seguridad, al entablar la comunicación con ella en el momento y en el contexto en que se encuentra inscrita. La verdad en este aspecto entra en una relación edificante con el individuo, tal como la establece Sócrates con sus interlocutores. El individuo kierkegaardiano descansa en la mirada socrática de aquel que explora su alma y la verdad que radica en ella, en la búsqueda de ser el maestro de sí mismo y en la procura de una fe que anhela la paz espiritual. Principio de libertad, que consiste según Kierkegaard “en ser sí mismo”. En esto radica el arte filosófico de Sócrates, como lo expresa Kierkegaard en Migajas filosóficas o un poco de filosofía (1999, p.73) “Lo socrático consiste en que el discípulo, como él mismo es la verdad y posee la condición, puede rechazar al maestro; en ello estriba precisamente el arte socrático y el heroísmo de ayudar a los hombres a poder hacerlos”. Hasta cierto momento el maestro acompaña al discípulo en su elección y afirmación, por medio de una ética pedagógica que le invita a descubrirse a sí mismo, en el cultivo de una disposición hacia dicho fortalecimiento de la libertad individual. Preocupación que en Kierkegaard toma importancia cuando vamos a elegir aquello que afecta nuestra existencia en lo fundamental.

C. Una mirada autodidacta de la libertad

El individuo de la decisión (el instante), de la elección, de lo íntimo, es el de la actitud filosófica: el autodidacta, el del ethos. Esto último implica un arte, traducido en unas técnicas precisas en la conducción de la existencia, tal como se ha reflejado en los filósofos griegos como los pitagóricos, los epicúreos, los estoicos, entre otros.

Ahora bien, el ethos es clave en la formación autodidacta, en el que el diálogo consigo mismo y con el otro se convierte en herramienta esencial de dicho proceso, en la consolidación de una vida práctica. En esta circunstancia el diálogo se vuelve rizomático, ya que experimenta en su devenir hacia el otro encuentros que provocan el nacimiento de nuevos pensamientos, conceptos, hechos. En síntesis, comprenderse y ubicarse en el contexto específico en el que me desenvuelvo. Es la empresa más compleja que asume todo ser-humano de manera específica; posibilitando volverse hacia lo otro y poder considerarlo como expresión de sí, como espejo. Para Kierkegaard volverse a sí mismo es ir a lo religioso vía Sócrates, que ha de realizarse por medio de una especie de catarsis, es decir, depurarme de toda culpa, de todo pecado, para así llegar a la fe; inicialmente a través de una existencia filosófica, elevada a un camino religioso. Kierkegaard El concepto de la angustia. (1979, p.131) “Al volverse, pues, hacia sí mismo, descubre la culpa. Cuanto más grande es el genio, tanto más profundamente la descubre”.

El ejercicio autodidacta busca un propósito fundamental: descubrir la libertad que se halla en nosotros mismos. Sólo el individuo a sí mismo se puede dar cuenta de su libertad, rebasada por la fe, en la cual todo es posible y estamos abiertos ante el otro y ante el mundo a través del diálogo. Kierkegaard (1979, p. 149) “La libertad es continuamente comunicativa (no hay inconveniente en dar a este término su significación religiosa). La esclavitud tórnase más y más reservada y quiere la comunicación”. La libertad es abierta y se exterioriza en un diálogo edificante con el otro. En esencia nos volvemos comunicativos. Kierkegaard (1979, p. 149) “El lenguaje, la palabra, es lo salvador, lo que salva de la abstracción vacía de la reserva”. Nos damos y entablamos puentes comunicativos, para decir lo que somos responsablemente. En otros términos, la palabra nos da vida, presencia, carne, en últimas rostro. Contrario a aquel que se encierra en su ego, no desea escuchar, comunicar, dialogar. Se oculta y emplea el silencio.

D. Libertad de pensamiento e intimidad

La libertad está en la intimidad humana como verdad y pensamiento. En Kierkegaard es algo inmanente al individuo, a su condición de ver, sentir y devenir. Kierkegaard (1979, p. 163) “Lo que yo digo es algo muy simple y sencillo: que la verdad sólo existe para el individuo cuando él mismo la produce actuando”. Este actuar se manifiesta a través de una postura como actitud, que va más allá de toda postura racional sistemática, lo que caracteriza a la filosofía hegeliana, siendo uno de los pensamientos que más confronta Kierkegaard; pues, por otra parte, puedo cumplir con los deberes y no sentirme a gusto, no son parte de mi espiritualidad, de mi existencia. Es el hombre carente de certeza, entendida como una radical experiencia interna y dinámica, llevada a un acto concreto en su realización, en una conciencia que se sabe y se conoce en su individualidad. Es decir, no es universal, abstracta o artificial.

Para Kierkegaard, la certeza y la intimidad es gravedad, que en Heidegger se traduce en lo siguiente: pensar es la gravedad. Es lo que une, lo que atrae el premeditar y el vivir, distanciándose así de la ingravidez de la frivolidad de una vida cargada de relativismo. La gravedad permite la consistencia y coherencia de sí mismo en toda su dimensión, hay sentimiento de unión, fuerza y firmeza de libertad en quien la posee en su modo de pensar. Kierkegaard (1979, p.175) “La gravedad, en este sentido, significa la personalidad misma, y no sólo una personalidad grave es una personalidad real, sólo ella puede hacer algo con gravedad; pues para hacer algo con gravedad es menester, ante todo y sobre todo, saber cuál es el objeto de la gravedad”. Kierkegaard (1979, p.176) “La gravedad es, por tanto, la eternidad o la determinación de lo eterno en su ser humano”. En ella nos encontrarnos y evitamos engañarnos a sí mismos; pues es lo más angustioso y triste para con nosotros mismos.

E. Algunas consideraciones finales. Entre razón y fe.

El título que he dado a este escrito refleja el esfuerzo en detectar la actitud filosófica en Kierkegaard, fuente de todo acto de serenidad, mediada por una actitud ética, la cual aspira a la realización espiritual del individuo; diferenciada de otro lleno de normas y tormentosas prohibiciones.

El esfuerzo de este diálogo con Kierkegaard tiene un punto común: la filosofía y lo que en él puedo encontrar de actitud filosófica; pues en su filosofía se destaca la existencia como experiencia única y concreta, en la que lo humano se da, conteniendo lo trágico, lo irónico, el acto filosófico y religioso, en una extraña y conflictiva relación entre Sócrates y Dios, para una existencia atormentada en su sentido de vida, encubierta por distintas máscaras al anunciarse ante el mundo.

La riqueza de una actitud filosófica en Kierkegaard, es pensar la existencia del individuo moderno que busca un norte, inscrito en el orbe humano. Esto último lo vemos en la obra de Abraham, que en su grandeza y en su amor a sí mismo reverenció al otro, dándose a él, en su caso a Dios, objeto de amor humano. Es aquí, cuando la filosofía media como experiencia particular, como estilo de vida en quien la asume. Modernamente en una biografía; trascendida en un mundo religioso que busca la reconciliación consigo mismo, tal como se señala en Mi punto de vista (1972).

El esfuerzo que damos a lo que somos, a la vida, a su pregunta, en este tipo de actitud ética, descansa en una filosofía para un mundo terrenal, lleno de necesidades y para un mundo de la fe en el cual todo es posible. Ahora bien, el mejor camino para ambos es el diálogo que se da entre quien filosofa y el individuo de la fe religiosa, al entablar directamente nuestras preguntas y lo que de este diálogo surge como verdad. Tal es el caso de Kierkegaard.

La posición filosófica de Kierkegaard refleja claramente la elaboración de un estilo de vida que toma un radical distanciamiento ante su presente, ante la modernidad; no sólo en su crítica, manifestada en su espíritu de masa, sino también en el falso espíritu del cristianismo. Él parte de un saber socrático, cuya singularidad busca desarrollarse en un elegirse a sí mismo, más que en un conocerse a sí mismo, y en el llamado de la fe (Abraham), fin de todo trajinar en el mundo. Son dos mundos que marcan la existencia: mientras vivo la filosofía de la existencia me sirve para conducirme en él y mientras busco la salvación paso a la fe como acto íntimo de todo trascender terrenal. Es pues que el individuo parte de la reflexión, del diálogo, de la inquietud por sí mismo y va a los confines de la fe. No sin antes decir que el paso obligado al acto de fe está previamente cultivado por el acto ético, que nos lleva a formular una toma de posición ante lo que me propongo, me impulsa valientemente hacia lo incierto, lo abierto para la existencia, hacia un mundo de convicción, pues lo religioso en Kierkegaard se vuelve una experiencia; de ahí la necesidad filosófica como experiencia vital, la cual se va construyendo como acontecimiento que nos afirma, nos extraña y nos abre a otras posibilidades.

Una actitud filosófica asumida desde una postura de vida individual, significa un acto de transformación, de aprendizaje, en la búsqueda de lo que se pretende ser desde la intimidad, abierta al otro y que en el caso de Kierkegaard apunta a la fe. La transformación que experimenta Kierkegaard se da entre la filosofía, la ética y la razón, las cuales fenomenológicamente quedan en suspenso (epojé) terrenal como actitud filosófica, como modo de vida, para pasar al mundo de la fe como actitud religiosa. Esto último implica el acto de ir más allá de lo meramente evidente y sintomático, donde el pensamiento tiene sus límites y necesidades. Es así que surge la fe como tabla de salvación ante la vida humana; en la fe todo es posible, no hay barreras, en especial cuando ha sido alimentada por una ética concreta. Tener fe es aspirar llegar a lo posible, a lo que aspiramos humanamente. O como en el caso de la fenomenología, partir de una actitud natural, para ir a una actitud filosófica. Es decir, la fe rompe con los límites impuestos por Kant y por el universalismo de Hegel. Es un acto estrictamente individual. Si la filosofía para Kierkegaard es la impotencia ante la necesidad, la fe es la solución a esta impotencia. Cuando la razón se imposibilita y aparece la contradicción en la existencia, florece la fe, solución a dicha contradicción; en la fe hay libertad, hay saber, no conocimiento de orden especulativo y científico, sino de saber que soy, que existo. Es lo que hoy conocemos como filosofía de la existencia.

La riqueza filosófica kierkegaardiana está en la mirada de sí mismo como experiencia particular, en hablarle al otro indirectamente desde una inmanencia, a partir del discurso socrático; construyendo y definiendo lo que se pretende, en el afán de dar contenido a lo que se piensa, en especial a lo que se vive, que en el transcurso del diálogo se confronta y revitaliza. En este sentido, se enruta una sólida actitud filosófica en el pensamiento de Kierkegaard, esencialmente directo y asistemático; pues parte de asuntos primordiales en el quehacer y en el pensar de la existencia individual, vista a sí misma como obra inacabada, en la cual el proyecto de vida cobra una importancia central en sus reflexiones y que en Sartre se constituye en uno de los ejes fundamentales de su filosofía del compromiso social.

Por último, es indudable que es la desesperación y no la duda la que mueve el pensamiento kierkegaardinao. Paradójicamente, la desesperación, la angustia, la melancolía, se mueven entre la filosofía como razón y la religión como fe. Esto último es lo que hace complejo y atrayente su pensamiento e interesante para la fenomenología; algo imposible de resolver formalmente, a no ser en la propia existencia, en la postura que se asume ante ella, en una peculiar actitud filosófica cargada de mucha fe a través de un estilo de vida único, radicalizado y diferenciado de la masa o lo universal. En gran medida la ética en Kierkegaard es la autorrealización del individuo en busca de una paz espiritual, enmarcada dentro de una tradición socrática, en un ser de carne y hueso, sustancial y disensual. En este camino, la respuesta kierkegaardiana a la vida, está en el juego que ella estable width=100%ce entre la reflexión filosófica y su religiosidad. Ante todo es un hecho particular, en el que el individuo es consciente de su situación, de su individualidad y del mundo en el que vive, en la toma de distancia ante sí mismo y ante lo otro. Es así como a partir de esta claridad de sí mismo, hay mayor responsabilidad en asumir los lazos con los demás y en adquirir conciencia del momento, de su historicidad, en la elección de un estilo de vida ética que en Kierkegaard, nos invita a un recogimiento frente a un mundo que nos apabulla, procurando asimismo una vida plena y transparente en su proyección, que en el plano de lo social seamos capaces de asumir responsablemente nuestro actos ante los demás. La ética así entendida tiene fuerza que convida a creer en sí mismo y en sacar adelante todo aquello que nos proponemos. En síntesis, es aquel que se ocupa responsablemente de su existencia, de su biografía. De por sí plantea un gran reto y desafío a las sociedades biotecnológicas, desde lo que sería asumir una actitud filosófica encarnada en un estilo y proyecto de vida, libre de cualquier manipulación genética y de cualquier política de Estado.

BIBLIOGRAFÍA

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(1979). El concepto de la angustia. Espasa-Calpe: Madrid, España.

(1972).Mi punto de vista. Aguilar: Buenos Aires, Argentina.


* Doctor of philosophy. In the school of Social and human studies. Atlantic international university. Presidente suplente de la Fundación para la Filosofía en Colombia. Profesor tiempo completo de la Universidad Santiago de Cali. El presente artículo, ligeramente modificado, hace parte del libro Consideraciones en torno a la actitud filosófica en el sujeto moderno. Universidad Santiago de Cali. Cali, Colombia. 2005.

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