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Mario BETTEO BARBERIS: "SØREN KIERKEGAARD: UN NOMBRE SIN IMPORTANCIA"

Analista - Miembro de la ELP

El casual encuentro con un breve texto firmado por Søren Kierkegaard dentro del clima todavía persistente de una exposición que diera Oscar Cuervo en “Ensayo y crítica en el psicoanálisis” fue lo que puso en marcha este breve ensayo acerca de lo particular de la relación de ese personaje con sus otros nombres y algo de su obra.

El texto en cuestión trata de una suerte de confesión-explicación que realizó Kierkegaard a pie del “Post-scriptum definitivo no científico a las Migajas filosóficas” , fechado en Copenhague en febrero de 1846. Titulado por él “Una primera y última explicación”, su estilo navegando entre la ironía y la seriedad de quien pone a cielo abierto una intimidad callada, promueve, pese a su deseo en contra, a considerar la peculiar experiencia de disposición frente al nombre propio, a la obra y al saber que Kierkegaard disponía.

I. Su consideración acerca de qué es un autor.

Kierkegaard, por razones personales que desconocemos, decidió que era tiempo de que los lectores de ciertas obras literarias tuviesen noticia acerca del hecho de que todo ese conjunto de escritos que tenían distintos nombres de autores, correspondía solamente a una sola persona llamada Søren Kierkegaard. Lo expuso de esta manera: “Formalmente y por amor a la regularidad reconozco aquí, cosa que es difícil que alguien tenga interés en saber, que yo soy, como se dice, el autor de Aut-Aut (Víctor Eremita), Copenhague, febrero 1843; Temor y Temblor (Johannes de Silentio), 1843; La Repetición (Constantin Constantius), 1843; El Concepto de la Angustia (Vigilius Haufniensis), 1844; Los Prefacios (Nicolaus Notabene), 1844; Las Migajas Filosóficas (Johannes Climacus), 1844; Los Estadios en el Camino de la Vida (Hilarius Bogbinder, Willian Afham, El Asesor, Frater Taciturnus), 1845; El Post-Scriptum Definitivo a Las Migajas Filosóficas (Johannes Climacus), 1846; un artículo en la revista "Faedrelandet", Nº 1168, 1843 (Víctor Eremita); dos artículos en "Faedrelandet", enero 1846 (Frater Taciturnus).”

Si Kierkegaard consideraba de poco interés por parte de algún lector por saber “la verdad”, ese deseo de formalidad y amor coloca las cosas en un interesante punto enigmático. Su explicación ¿vino a ser un ejercicio de “salir del ropero”, una aparición de algo que ya no podía quedar más en el silencio o solamente una perfecta excusa para poder redactar su posición frente al problema de qué es un autor? Me inclino decididamente por esta última. Razones de estilo lo llevaron a confrontar en público su nombre propio con otros nombres de autores. No parece que se tratara de una confesión apurada o empujada por la culpa, la opresión del silencio o la angustia del anonimato. Mas bien diría que él habría encontrado el tiempo propicio para colocar un nuevo problema en la órbita del lector.

¿Qué es un autor? ¿Cómo se define correctamente esa posición, ese título, ese nombre? Michel Foucault, más de un siglo después de este acontecimiento, abordó esta cuestión en el seno de una exposición que diera en la Sociedad Francesa de Filosofía el 22 de febrero de 1969. Allí él propuso varias coordenadas para analizar la función de autor. Por un lado, el nombre de autor no es posible tratarlo como una descripción definida. Asimismo, hay una imposibilidad de tratar a ese nombre como un nombre propio cualquiera. El autor no es ni el propietario ni el responsable de sus textos, ya que no es propiamente ni un productor , en el sentido más lato, ni un inventor, en el sentido de los objetos de la ciencia. Es tal vez aquél a quien se puede atribuir lo que ha sido dicho o escrito, aunque carente aún de una clara justificación. El autor, según Foucault, estaría más del lado de una cierta “función”, es decir, de una posición en el campo discursivo. La novedad que aportó en su momento fue en el sentido de plantear un espacio en el que el sujeto que escribe no cesa de desaparecer. La marca del escritor no es más que la singularidad de su ausencia, desempeñando de alguna manera el lugar del muerto en el juego de escritura. A raíz de esto, la palabra “obra” encuentra su posición un tanto incómoda, ya que su presunta unidad se ve afectada por lo problemático de la individualidad del autor. De manera un tanto resumida, digamos que Foucault nos propone tomar la cuestión desde el lado de la inconsistencia del nombre del autor en lugar de su habitual momificación y carácter estatuario. La función, ligada a la realización de una operación, es el espacio en el cual parece que se plantea una suerte de no relación, allí donde se espera una relación autor-obra. Está más del lado de la proliferación de egos que de la coagulación de uno; cercano a un vaciamiento de cualquier idea de propiedad en lugar de una defensa de la propiedad intelectual, de las ideas; una porosidad en lugar de una reserva impermeable. El autor es solamente una presentación de una función-sujeto, emparentada de manera un tanto compleja con la definición que diera Lacan acerca del sujeto, es decir, lo que representa un significante ante otro significante.

Pero volvamos al texto de Kierkegaard. Allí él nos explica que su relación con las obras no es directa sino que: “todo lo que está escrito es realmente mío, pero sólo en cuanto yo pongo en boca de la personalidad poética real del autor su concepción de la vida, como puede escucharse en las réplicas de respuesta, porque mi relación con la obra es aún más exterior que la de un poeta que crea personajes, y sin embargo es él mismo el autor. Yo soy, en efecto, impersonal o personalmente en tercera persona un apuntador que ha producido poéticamente autores cuyos Prefacios son también producción de ellos, así como lo son sus propios nombres. Por eso, no hay en los libros pseudónimos ni siquiera una sola palabra que sea mía; yo no tengo de ellos ninguna opinión sino como tercera persona, ningún conocimiento de su importancia sino como cualquier lector, ni siquiera la más lejana relación privada con ellos, dado que sería imposible tenerla con una comunicación doblemente refleja.”

Destaco la originalidad que presenta Kierkegaard al plantear su relación con la obra en términos espaciales, de lugar: es más “exterior” que la de un poeta con sus personajes. Esa “exterioridad”, esa posición a distancia, es la que somete a Kierkegaard a una reducción casi absoluta de las determinaciones y la libre elección. El es el efecto de un discurso del cual no es el agente sino su producto. O mas bien, Kierkegaard es el nombre del secretario, del apuntador que permite que algo pase, se entregue al público y demuestra que su nombre propio nada tiene de propiedad ni de propio. Está en una posición simétrica a la del lector y por lo tanto encuentra la habilitación que dispone el lector frente a cualquier escrito. Por otro lado, la consideración acerca de la mismidad, de lo “mío” versus lo “suyo” queda de alguna manera asentada en cuanto el yo solo tiene su lugar al poner en boca de la personalidad real del autor las palabras que no vienen de él, aunque mantiene con ellas una relación de cercanía.

Cito otro fragmento de su escrito que ilustra aún mejor esta posición: “yo soy el indiferente, es decir, es indiferente lo que yo soy y cómo soy, precisamente porque a esta obra no le interesa en absoluto la cuestión de si también en mi interior es indiferente para mí lo que soy y cómo lo soy. Por eso, lo que de otra manera en muchas empresas dialécticamente no reduplicadas podría tener su feliz importancia en un buen acuerdo con el cuidado de un personaje eminente, no tendría aquí, en lo que respecta al padre adoptivo de una obra, quizá no sin relevancia, más que un efecto de estorbo. Mi facsímil, mi retrato, etc. sería como la cuestión de si uso sombrero o casco, es decir, no podría llegar a ser objeto de atención sino para aquellos para quienes lo indiferente se ha vuelto importante - tal vez como compensación por el hecho de que para ellos lo importante se ha vuelto indiferente.” La indiferencia que plantea Kierkegaard acerca de su nombre y su yo, no es un simple rasgo de narcisismo pulido y a la moda, sino el resultado de una operación sobre su nombre propio, donde el apoyo está en que el escrito prescinde de los atributos, las marcas del ser, sus necesarios ropajes imaginarios así como su valoración en la escala moral y fálica. Se trata mas bien de una diferencia cómica, en el sentido freudiano, es decir, hacer algo con su cuerpo, con su imagen de tal manera de que su caída, su desliz ya no sorprenda, no llame la atención como un desastre o una ruina, sino como un desliz del acto. Kierkegaard con esto puede hablar de la ruina, la pérdida y la recuperación, la desaparición de algún goce y de la angustia en clave cómica, si es que el lector está dispuesto y puede a colocarse en ese nivel. “[…] soy el único que no me considero autor más que de un modo muy dudoso y ambiguo; porque yo no soy el autor más que en un sentido impropio, mientras que soy, de un modo completamente propio y directo, por ejemplo, el autor de los Discursos edificantes y de toda palabra en ellos contenida.”

II. Pseudónimo / heterónimo.

Entre los escritores que hicieron un uso poco convencional de su propio nombre, se sabe que Fernando Pessoa ocupa un lugar destacado. Una reseña de su ejercicio puede colaborar para contrastar con el uso que diera Kierkegaard a su nombre. En cierta época, se encuentran signos de que Pessoa comienza a multiplicarse, ya que mantiene correspondencia escribiéndose cartas a sí mismo firmadas por el Chevalier de Pas y por el también irreal Alexander Search. O sea que recibía por correo, palabras que recibía de nadie. Será mas adelante que, días después de presentarse en público como poeta, nace Alberto Caeiro, el primer heterónimo de Pessoa. Leamos de puño mismo de Pessoa lo que tenía que decir acerca del uso de los heterónimos. “Lo que Fernando Pessoa escribe pertenece a dos categorías de obras que podemos llamar ortónimas y heterónimos. No se puede decir que son autónimas y pseudónimas, porque realmente no lo son. La obra pseudónima es del autor en persona, salvo en el nombre que firma; la heteronimia es del autor fuera de su persona, es de una individualidad completa fabricada por él, como lo serían las palabras de cualquier personaje de uno de sus dramas”. Llama poderosamente la atención cierto aire de “familia” entre los argumentos pessoanos y los de Kierkegaard. Sin detenernos en esta peculiar semejanza (¿rapto plagiario? ) sí conviene indicar, que el carácter de nombre falso (pseudo) difiere de hetero, en la medida de que esa heterogeneidad tiene alcances y consecuencias diferentes. Cada individualidad es distinta a su autor. Uno de los detalles interesantes es de que este tipo de nombre no derivan de manera alguna de una génesis familiar, local, de sangre o de otro tipo de filiación. Resultan en ambos, una cierta manera de sostener la escritura separándose de la identificación parental. Es un tipo de nominación que no se entrampa con la herencia ni con los legados legales . Se ríe de alguna manera de estos subterfugios de la identidad.

Veamos de qué manera lo plantea Kierkegaard: “Una sola palabra de mi parte, dicha personalmente a mi nombre, sería un presuntuoso olvido de mí mismo que me habría hecho responsable con esta única palabra, desde el punto de vista dialéctico, de haber aniquilado esencialmente a los pseudónimos. Del mismo modo que yo no soy, en Aut-Aut, el seductor más bien que el asesor, así no soy el editor Víctor Eremita, precisamente del mismo modo; él es un pensador subjetivo poético-real, como se lo vuelve a encontrar en In vino veritas. En Temor y temblor yo no soy Johannes de Silentio como no soy el caballero de la fe que él presenta, y del mismo modo no soy el autor del prefacio del libro, la cual es la réplica de la individualidad de un pensador subjetivo poético-real.” “Mi deseo y mi ruego es, por lo tanto, que si a alguien se le pasara por la mente citar algún pasaje de estos libros, tenga la cortesía de citar con el nombre del pseudónimo respectivo, no con el mío, es decir que divida las cosas entre nosotros de modo que la expresión pertenezca femeninamente al pseudónimo y la responsabilidad desde el punto de vista civil, a mí.” “Lo que conozco de los pseudónimos no me autoriza naturalmente a hacer alguna declaración, sino que ni siquiera justifica alguna duda sobre su consenso, puesto que su importancia (cualquiera que ésta realmente sea) no consiste en absoluto en hacer alguna nueva propuesta, algún descubrimiento inaudito, o bien en fundar un nuevo partido y en querer ir más allá; sino precisamente en lo contrario, es decir, en no querer tener ninguna importancia, en querer leer en soledad -en la distancia que es la lejanía de la reflexión doble- la escritura primitiva de la situación existencial humana, el texto antiguo, conocido y transmitido por los padres, en querer releerlo una vez más posiblemente de un modo más interior.”

Es decir que para Kierkegaard los llamados pseudónimos permiten soportar y mantener separado algo de la femineidad con su identidad legal. Ese par queda íntimamente ligado con sus dos personajes que hablan en “O lo uno o lo otro”, el de la estética y el de la ética. Incluso, la elección de los nombres no está por fuera del objeto literario al cual se pliega como una hoja sobre sí misma. “Silentio” firma el ensayo acerca del sacrificio de Abraham, donde el silencio es el fondo sobre el cual se oye la voz de Jehová. “Constantius” firma “la repetición”, de manera que hace que el nombre propio diga algo acerca de lo que nombra, cosa que lo separa de cualquier nombre propio.

Dicho de otra manera. Si alguna vez alguien de la familia Molina tuvo que ver con los molinos y la agricultura, hoy el nombre se independizó del referente y quedó sin sentido apto para su uso por cualquiera. Ricardo Reis o Alvaro de Campos heterónimos de Pessoa, comparten en algo este rasgo ya que solo vienen a cumplir una función en un lugar independiente de cualquier calificación o descripción de algo del ser de la persona. No es el caso de Kierkegaard, el cual emparienta nombre y objeto. Para Kierkegaard la necesidad del uso del pseudónimo es tributario de un ejercicio de escritura que permite sostenerse como escritor al mismo tiempo que engaña al público, como un modo de hacerle llegar una lectura. Hay algo de una honesta disimulación que elude exitosamente el carácter algo persecutorio de la autoría de las ideas. Ambos, sin embargo, a su modo, encuentran uno en el más allá y el Ocultismo (Pessoa) y el otro el cristianismo y la fe (Kierkegaard) un lugar desde el cual se espera encontrar la figura de una suposición de saber, la cual garantizaría toda la existencia del hombre.

III. Kierkegaard apuntador de sí mismo.

La función secretarial fue una función que se cumplió durante el Renacimiento italiano, y estaba a cargo de un personaje público, funcionario del Estado quien estaba al servicio del poder. El secreto forma parte de su nombre y el adjetivo verbal secretus significa estar apartado, separado, distinto, descartado o solitario. No se podía ser secretario en sí o de sí, … sino de alguien. Es un sujeto que se mueve entre bastidores. El secretario por lo tanto sostiene un discurso que no le pertenece, el del amo en nombre del cual actúa. No es destinador ni destinatario, debiendo mantener un obligado silencio. Le conviene saber muchas cosas, pero callar muchas más. Es como un hombre invisible condenado a la transparencia. Pero este silencio del secretario así como su modestia no son sino máscaras para disimular y fingir aceptar unas reglas de juego al que nunca se resigna del todo. El precio del borramiento, de la desaparición tiene otra particularidad y es que no queda excluido de la experiencia sino que forma parte esencial de la misma. Incluso puede llegar a ser el medio de poner de relieve un deseo, a la manera antigua del director de almas. Sin embargo, el mundo moderno permitió un trastorno de esta función. “El escritor, dice Marguerite Yourcenar, es el secretario de sí mismo. Cuando escribo realizo una tarea, soy mi propio dictado”. Esta nueva modalidad indica que habría en algunos casos una especie de división de la figura del sujeto clásico. El “sí mismo” es el que habla a costa de que se silencie el nombre del autor. Kierkegaard lo suscribe a su manera de la siguiente forma. “Desde el principio, he visto y veo muy bien que mi realidad personal es causa de una incomodidad que los pseudónimos desde el punto de vista patético independiente deberían desear eliminar: cuanto antes, tanto mejor, o bien volverlo insignificante en cuanto fuera posible, incluso tratando con irónica atención de conservarlo como resistencia repulsiva. En efecto, mi relación con ellos es la unidad de un secretario y, lo que es bastante irónico, del autor dialécticamente reduplicado o de los autores”. “Yo soy, en efecto, impersonal o personalmente en tercera persona un apuntador que ha producido poéticamente autores cuyos Prefacios son también producción de ellos, así como lo son sus propios nombres. Por eso, no hay en los libros pseudónimos ni siquiera una sola palabra que sea mía; yo no tengo de ellos ninguna opinión sino como tercera persona, ningún conocimiento de su importancia sino como cualquier lector, ni siquiera la más lejana relación privada con ellos, dado que sería imposible tenerla con una comunicación doblemente refleja.” Kierkegaard aporta la figura del apuntador, ese que toma nota y al mismo tiempo, como lo hacía en el teatro, le da la letra a quien está en posición de dirigirse al público al modo del actor, es decir, sosteniendo algún tipo de máscara o de personalidad. Un apuntador que produce autores y que a su vez , volviendo de ellos, Kierkegaard pone en edición, borrándose él en tanto autor para encontrar así a un lector. De allí esa anécdota que dice que el mismo día , Kierkegaard publicó dos de sus textos mayores, La repetición y Temor y temblor, ambos firmados por dos nombres distintos.

Para finalizar y enfocando las cosas en lo que concierne al psicoanalista y al psicoanálisis lacaniano, darle acogida a la función secretarial como un elemento del método freudiano, se engarza de lo que la acción del público realiza sobre el análisis y del análisis sobre los distintos públicos. Practicante del borramiento, tanto el secretario como el analista no podrían llegar a su término en cuanto portadores y sostenes de una función, hasta no alcanzar el singular punto que radicaría en el borramiento … del borramiento. Cuestión a la que Kierkegaard se asomó, bordeó y de cuya experiencia fallida tenemos ciertamente algo que aprender.

Bibliografía consultada:

Michel Foucault; ¿Qué es un autor? En la revista “Conjetural” Nº 4, Bs. As., 1984.

Miguel F. Sosa; “El nuevo Martin Guerre, los heterónimos de Pessoa y los nombres del analista” en la revista “Artefacto Nº 3”, revista de la escuela lacaniana de psicoanálisis, México, 1992.

Mirielle Blanc Sanchez; “La palabra confiscada”, en la revista “Litoral Nº 25/26”, Edelp, Córdoba, Arg, 1998.

SørenKierkegaard; en http://www.teologiaycultura.com.ar/arch/kierkegaard_post_scriptum.PDF

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