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Ana M. FIORAVANTI: "TO BE OR NOT TO BE, PRÍNCIPE DE DINAMARCA"

   A poco que se tenga una relación algo más que superficial con la vida, se comprende que no hay palabra dicha cuya potencia no se origine en la receptividad del oyente. Toda palabra, por poderosa que sea, viene a resultar absolutamente impotente sin oídos que la oigan.
   En rigor, como ya nos mostrara Sócrates, no existe entre los humanos posibilidad alguna de enseñar, pues verdadero maestro es sólo aquél que puede aprender. Por eso la palabra antigua no es otra que “Oye, Israel”. Y por eso, ¡terrible señorío de la libertad!, el ruego sigue resonando por los siglos y nadie está obligado a que se lo escuche.
   El 5 de mayo pasado se cumplieron 191 años del nacimiento de Kierkegaard, cuya vida y obra constituyen un esfuerzo que casi no tiene parangón en el respeto a la libertad del prójimo, sostenido con la misma pasión con que defendió la propia: “Yo no puedo querer (y nadie puede desear que yo pudiera) introducir a la fuerza en nadie lo que únicamente concierne a mi persona”, dice en Mi punto de vista.
   Es muy difícil, por no decir imposible, hablar de la verdad y la vida en lenguaje directo, porque ambas se niegan a ser contenidas en moldes de precisión lógica y rigor científico, en dogmas a imponerse con necesidad y violencia, o en aseveraciones sistemáticas donde todo está resuelto. La forma que Kierkegaard tuvo de comunicar lo que resulta imposible de otra manera fue el empleo del lenguaje indirecto, una cortesía que ningún autoritario puede llegar a apreciar, porque es una forma de llevar a pensar libremente, un modo de meterse en la piel del otro, un lenguaje en que cada uno se ve como en un espejo. Por eso, si es poco lo que de él ha sido oído, infinitamente peor es lo mal que se lo ha oído. O sea: ni aun oyendo, lo hemos oído.
   Sus contemporáneos no lo comprendieron y lo confundieron todo. A casi un siglo y medio de su muerte, tampoco hemos avanzado demasiado para echar un poco de luz en esa confusión. Menos aún entre los lectores de habla hispana, que desconocemos muchas de sus obras fundamentales, no sólo porque las cercenaron y las publicaron fuera de contexto (han llegado a descomponer una sola obra en cuatro y hasta cinco libros, con títulos que no fueron elegidos por su autor), sino porque ni siquiera ha habido interés en traducirlas al castellano. Obras en las que el propio Kierkegaard facilita las claves para su comprensión. Es realmente un bochorno la deuda que la cultura hispanoamericana tiene con una persona que ha denunciado el fariseísmo en cada oscuro rincón del corazón y del pensamiento, y que ha revolucionado todas las fuentes del espíritu devolviéndoles su origen y su originalidad. De ellas se han nutrido infinidad de filósofos, psicólogos, escritores; muchos, acomodándolo y tergiversándolo.
   El problema que nos plantea a nosotros Kierkegaard es algo más que un método filosófico. Escribió una parte de su obra empleando seudónimos y otra parte con su propio nombre. La primera incluye los siguientes libros–y entre paréntesis van los seudónimos bajo los cuales los escribió: O lo uno o lo otro (Víctor Eremita), 1843; Temor y Temblor (Johannes de Silentio), 1843; La Repetición (Constantin Constantius), 1843; El Concepto de la Angustia (Vigilius Haufniensis), 1844; Los Prefacios (Nicolaus Notabene), 1844; Las Migajas Filosóficas (Johannes Climacus), 1844; Los Estadios en el Camino de la Vida (Hilarius Bogbinder, William Afham, El Asesor, Frater Taciturnus), 1845; El Post-Scriptum Definitivo a Las Migajas Filosóficas (Johannes Climacus), 1846, sin contar algunos artículos en la revista Faedrelandet.
   Ahora bien, la mayoría de los estudiosos, aún los más conspicuos, han confundido el pensamiento de Kierkegaard con el de sus seudónimos, hasta el punto de identificarlo con ellos sin vacilaciones, cuando el propio autor ha señalado categóricamente lo erróneo de tal interpretación.
   Profundo admirador de Shakespeare, a quien llama Poeta de Poetas, el danés fue también un gran dramaturgo que en lugar de crear personajes-actores supo crear personajes-escritores, pero les dio tal autonomía de pensamiento y una personalidad tan viva, rica y real que muchos intérpretes los confundieron sin más con el propio Kierkegaard.
   Profundo admirador de Sócrates, además, utilizó la ironía como instrumento para despertar la verdad dormida o sepultada.
   Ambos factores, la ironía y la creación de autores poéticos, contribuyeron a hacer de él un hombre incomprendido hasta nuestros días.
    “Pero desde el punto de vista de toda mi actividad como autor, concebida íntegramente, la obra estética es un engaño, y en eso estriba la más profunda significación del uso de seudónimos. Un engaño, sin embargo, es una cosa muy fea. A esto yo podría responder. Es preciso no dejarse engañar por la palabra «engaño». Se puede engañar a una persona por amor a la verdad y (recordando al viejo Sócrates) se puede engañar a una persona en la verdad. Realmente sólo por este medio, es decir, engañándolo, es posible llevar a la verdad a uno que se halle en la ilusión”, afirma en Mi punto de vista, libro firmado sin seudónimo.
   El que se halla en la ilusión es cada personaje, tanto Juan, el seductor, o el juez William, de O lo uno o lo otro, como el propio personaje-autor de ese libro, Víctor Eremita, por mencionar un ejemplo. Del mismo modo, Johannes de Silentio, Constantin Constantius, Vigilius Haufniensis, Frater Taciturnus, Johannes Climacus y también cada lector.
En el final del Post-Scriptum Definitivo No Científico a Las migajas filosóficas, obra clave que tampoco está traducida al castellano, después de las iniciales J.C. correspondientes a su personaje-autor Johannes Climacus, siguen unas tres o cuatro páginas firmadas por el propio Sören Kierkegaard, en las que afirma:
   “Yo soy, en efecto, impersonal o personalmente en tercera persona un apuntador que ha producido poéticamente autores cuyos Prefacios son también producción de ellos, así como lo son sus propios nombres. Por eso, no hay en los libros seudónimos ni siquiera una sola palabra que sea mía”.
   Aquí es necesario aclarar que Kierkegaard llama “estéticas” a aquéllas de sus obras que no representan su posición, y “edificantes” a las que firmó con su propio nombre y que manifiestan su verdadero punto de vista.
Ahora bien, quien quiera que se acerque a Kierkegaard sin atender a esta distinción, caerá en las más falsas interpretaciones, no sólo el desprevenido lector o el estudiante de filosofía, sino hasta los más ilustrados estudiosos: desde el popular Osho hasta Roger Verneaux, Borges, Sartre, Ortega y Gasset, MacIntyre, Mark Taylor, biógrafos, exégetas y traductores, muchos son los que piensan que lo que se expone en El diario de un seductor, en Temor y Temblor o en Las Migajas filosóficas, entre otros, representa o representó en algún momento la posición de Kierkegaard.
   En Introducción a Kierkegaard, Régis Jolivet afirma estas increíbles palabras: “Kierkegaard, en El Diario del Seductor, analizando la psicología del «seductor» (que es él mismo), escribe...”. Y más adelante: “Verdad es que por boca del asesor Wilhelm niega la naturaleza de...”. De manera que, para Jolivet, Juan el seductor es Kierkegaard y el asesor Wilhelm... también es Kierkegaard, ¡aunque Kierkegaard en persona haya dicho que no había en los libros seudónimos ni siquiera una sola palabra que fuera suya! Más valiera no introducirse en semejante Introducción. José Antonio Míguez, por su parte, que escribió el Prólogo de Mi punto de vista para la Editorial Aguilar, se formula la siguiente inquietante pregunta: “¿Quién es y qué significa para nosotros este Kierkegaard de innumerables facetas, este Kierkegaard multiplicado por siete, por ocho, o por nueve seudónimos, que pretenden encubrir –o descubrir quizá- su verdadera persona?” Después, tenemos a Verneaux: “Pero siendo para él la fe el sacrificio total del entendimiento, al fin de cuentas el hombre sólo escapa al absurdo arrojándose en el Absurdo.” Y ahora Borges: “Como aquel otro célebre danés, el príncipe Hamlet, frecuentó la duda y la angustia, voz de origen latino a la que dotó de un nuevo escalofrío.”
   En fin. El tiempo es tirano en la televisión y en los medios gráficos, el espacio. Pero la lista podría llegar a ser interminable.
   No es cierto que Kierkegaard haya pensado que sólo arrojándose en el Absurdo es como se salva uno del absurdo, ni menos aún que haya frecuentado demasiado la duda alguien que dijo: “Mi relación con Dios es el «amor feliz» de una vida que, en muchos aspectos, ha sido difícil e infeliz”. El problema es que todos preferimos ser lectores estéticos y nos cuesta abandonar nuestras queridas ilusiones. Conviene no olvidar que en términos kierkegaardianos la persona estética es aquélla que vive para obtener la felicidad, el placer, la diversión, lo ingenioso, lo interesante, en una palabra: todo cuanto sea apetecible para disfrutar de la vida o escapar de sí mismo; aquella persona que incluso de lo ético y de lo religioso puede apropiarse estéticamente, es decir, trivializando toda experiencia o convirtiéndola en una ilusión.
   De manera que tiene razón M. Holmes Hartshorne cuando, en un libro imprescindible sobre este tema que se llama Kierkegaard: El Divino Burlador, llama la atención sobre el hecho de que el joven «A» y el juez William o Wilhelm (personajes de O lo uno o lo otro) son abstracciones irónicas e irreductibles, que no pueden comprenderse mutuamente. Las buenas intenciones del juez para convencer al joven de que “debe elegirse a sí mismo en su eterna validez” son vanas; se ilusiona con un cambio que nunca llegará, porque para el joven los conceptos de deber y responsabilidad no significan nada y cualquier elección le resulta indiferente. Al juez le parece increíble que un joven dotado de tantas y brillantes cualidades pueda ser realmente un amoral. Por otra parte, su propia construcción de la ética a partir de una subjetividad elevada a ley universal es incapaz de comprender o siquiera aproximarse al abismo del ser humano singular. En su intento de conducir al joven «A» por el buen camino, presenta el matrimonio como la única tabla de salvación del amor y hace de él una apología encendida y entusiasta. Esta apología del matrimonio no tiene nada que ver con la concepción que despliega Kierkegaard en Las Obras del Amor, libroque no lleva ningún seudónimo. Allí se muestra cómo el amor erótico y el amor de preferencia en general siempre están expuestos a convertirse en su contrario, pues el amor con que se ama –dice- es el mismo amor con que se odia (basta con leer el Otello de Shakespeare, las crónicas policiales de cualquier diario, o la profundidad de nuestras propias almas), si no lo salva el verdadero amor que consiste en hacernos prójimos de todos los que amamos y aún de los que odiamos. Por eso, hasta el título del libro O lo uno o lo otro (obra firmada con seudónimo) es una alternativa por la que no se va al rescate del hombre enajenado y desligado de su ser por la suficiencia arrogante o el cinismo del «todo vale», dos variantes de la desesperación.
   En otros dos libros estéticos, Las migajas filosóficas y el Postscriptum a Las migajas filosóficas,el seudónimo Johannes Climacus plantea la pregunta: ”¿hasta qué punto admite la verdad ser aprendida?” Por supuesto, Climacus alude a una verdad que sea capaz de conducir a una vida auténtica y plena y, a partir de esta cuestión, desarrolla una distinción entre la verdad como objetividad y la verdad como subjetividad en relación con el cristianismo. Johannes desecha el camino objetivo, porque nos convierte en meros espectadores y nos aleja más y más de la verdad; y en cambio ensalza el camino subjetivo:
   “Para la reflexión objetiva, la verdad se convierte en objeto, en algo objetivo; el problema es que olvida al sujeto... La vía de la reflexión objetiva hace del individuo un mero accidente y por tanto transforma a la existencia en algo efímero e indiferente... Para la reflexión subjetiva, la verdad pasa a ser una cuestión de apropiación, de interioridad, de subjetividad. La clave es que el individuo existente se vea inmerso en la subjetividad.“
   Ahora bien, Johannes defiende esta tesis con pasión, pero no se da cuenta de que la fe tampoco puede, cristianamente, ser identificada sin más con la subjetividad, sino sólo establecida en la relación personal del singular con Dios. De todos modos, en su descargo, él dice que es un humorista y su escrito sólo es el experimento de alguien que está fuera de la fe y que no es cristiano en absoluto. “De nuevo –afirma Hartshorne- nos vemos obligados a afirmar que Johannes Climacus no es Kierkegaard”, y agrega: “La exposición de Johannes sobre la verdad como subjetividad facilitó un importante material de referencia para el pensamiento sartreano, sobre todo cuando afirmaba que el individuo elige sus valores y que mediante esta elección entra en la existencia. Sartre... es el beneficiario real del proyecto de pensamiento de Climacus. Podemos preguntarnos por la razón de que su experimento mental haya sido tan unánimemente aceptado como un argumento serio en favor del credo cristiano. La respuesta reside, en parte al menos, en el genio de Kierkegaard, quien siempre se preocupó por dejar hablar a sus pseudónimos, de manera muy persuasiva, a aquellos que creían erróneamente ser cristianos y, al mismo tiempo, exponer una posición que él mismo rechazaba con ironía.”
   Tan persuasivamente los dejó hablar que hasta escritores de la talla de Camus o de Borges cayeron en la trampa. Y así lo confundieron con otro Johannes, el Johannes de Silentio, el de Temor y temblor. Maravillado por la fe de Abraham, quien, según el relato bíblico, por amor a Dios estuvo dispuesto a sacrificarle a su propio hijo, el “autor” de Temor y temblor advierte que, considerado desde el punto de vista ético, Abraham fue un asesino. Por tanto, su acto se inscribe fuera de lo general, es incomprensible y espantoso. Johannes es capaz de analizarlo en sus más íntimos pormenores y descubrir los dos movimientos que lo constituyen: 1) el de la resignación infinita, por el cual un hombre puede renunciar a lo más preciado que tiene; y 2) el de la fe, por el cual el mismo hombre confía plenamente en que va a recuperarlo. El primer movimiento puede seguirlo cualquiera que posea un espíritu valeroso, como lo atestiguan los héroes trágicos de la historia. En el segundo, en cambio, no hay lugar sino para el asombro. Abraham se ha resignado infinitamente a todo y he aquí que lo ha recuperado todo en virtud de lo absurdo. Pero el “autor” de Temor y temblor se confiesa incapaz de tal movimiento: puede apreciarlo, admirarlo, pero no ejecutarlo.
   Así, mientras Osho, Borges, Verneaux y muchos otros aseguran que Kierkegaard frecuentó la duda o que el que tiene fe cree en virtud del absurdo, podemos leer lo que él mismo escribió en su Diario (en 1850): “En tanto que el creyente cree, el absurdoya no es absurdo, la fe lo transforma... La pasión de la fe es la única capaz de superarlo... Para quien queda al margen, el creyente cree en virtud del absurdo, y no puede juzgar de otro modo porque está excluido de la pasión de la fe. Johannes de Silentio nunca se declaró creyente, sino todo lo contrario.” La fe del creyente es, entonces, la confianza, la fe en Dios, y no en el absurdo. Otro malentendido que vale la pena aclarar es aquél según el cual Kierkegaard no fue sino un poeta filósofo o un poeta del cristianismo. Él mismo se encarga de aclararlo al comienzo de un polémico artículo, “Cómo juzga Cristo el cristianismo oficialpublicado en su revista El Instante, en junio de 1855: “Yo empecé haciéndome pasar por poeta, apuntando maliciosamente a lo que pensaba en relación con el cristianismo oficial, que la diferencia entre el librepensador y el cristianismo oficial es que el librepensador es un hombre sincero, que sin vueltas enseña que el cristianismo es fábula, poesía; por el contrario, el cristianismo oficial es un falsificador, que solemnemente asegura que el cristianismo es otra cosa, solemnemente se empeña contra el librepensador, y así oculta que en realidad él convierte el cristianismo en poesía, suprime el seguimiento de Cristo, de manera que sólo por la imaginación nos relacionamos con el modelo, pero él mismo vive bajo determinaciones totalmente distintas, lo cual es relacionarse poéticamente con el cristianismo o transformarlo en poesía, no más comprometedor que lo que es la poesía; y por último, el resultado es que directamente se desecha el modelo y se deja que aquello que uno es, la mediocridad, pase a ser el ideal. No es necesario, por último, hacer referencia, en esta somera introducción del tema, a dos de los mejores libros seudónimos de Kierkegaard, que son “La enfermedad mortal” y “Ejercitación del cristianismo”, que de hecho manifiestan la posición del verdadero autor, pero que ha querido esconderse bajo el disfraz de Anti-Climacus, en reconocimiento de su imperfección como cristiano.
 
 
(Artículo publicado en “LA OTRA, revista de arte y pensamiento”)
 
 
 
 
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