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Nicolás Martínez: "LA ANGUSTIA"

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Resumen


El presente trabajo tiene como objetivo exponer de manera sintética el concepto de la angustia tratado por los filósofos Søren Kierkegaard, desde el punto de vista adoptado por su seudónimo Vigilius Haufniensis, en el libro El concepto de la angustia (1844), y Martín Heidegger en su libro Ser y tiempo (1927), para luego elaborar una reflexión a modo de conclusión sobre el fenómeno de la angustia en sociedad actual.

La angustia es una experiencia por la que casi todos los seres humanos atravesamos a lo largo de nuestras vidas por la condición de ser seres finitos. El término angustia viene del latín angustus, que significa estrecho o angosto, y por esto la angustia se expresa como ese vacío interior que se debe saltar y no se sabe cómo.

Søren Kierkegaard y Martín Heidegger han tratado el tema de la angustia en sus escritos con algunos matices que los diferencian. Por un lado, el seudónimo de Søren Kierkegaard ha tratado a la angustia de una manera psicológica pero prestando especial atención al dogma del pecado original y afirmó que la angustia aparece ante la posibilidad de libertad y tiene la facultad de educar al hombre en esta posibilidad. Por otro lado, Martín Heidegger ha tratado a la angustia como lo que experimenta el hombre ante la finitud de su existencia, donde éste intenta escapar refugiándose en valores ficticios y no auténticos, y por el contrario, lo auténtico estará en que el hombre acepte que es un ser finito destinado a morir.

Hoy en día, en un mundo que cambia en forma vertiginosa y donde nada o muy pocas cosas resultan estables, es común escuchar que muchas personas se quejan de estar angustiadas. Algunas de ellas, lejos de superar este fenómeno, se dejan hundir en la angustia misma sin poder lograr afrontarla de una manera auténtica, y así tomarla a ella misma, como una oportunidad de progreso, cambio, crecimiento y mejora.


Søren Kierkegaard

Introducción
Søren Kierkegaard (1813-1855) fue un filósofo y teólogo danés del siglo XIX, precursor del existencialismo o filosofía de la existencia. Fue un crítico de la dialéctica objetiva y racional de Hegel que, según el danés, pretende captar toda la realidad pero donde lo individual siempre escapa. En palabras del filósofo danés, Hegel era un profesor de filosofía empeñado en explicarlo todo a cualquier precio. Søren Kierkegaard afirma la prioridad de la existencia a la esencia y sostiene la idea de que la filosofía debe abandonar la creencia en la correspondencia entre razón y ser para intentar captar lo individual con toda su riqueza de contenido.

La vida del filósofo estuvo dominada por angustias casi obsesivas, tema al que dedicó un libro muy especialmente: El concepto de la angustia (1844). Dos acontecimientos influyeron de manera significativa en el desarrollo de su pensamiento. El primero fue la confesión que le hizo su padre de que cuando éste era un pobre niño, desesperado subió a la montaña y blasfemó, por lo cual pesaba una condena sobre la familia Kierkegaard: todos los hijos se morían jóvenes. Según palabras del propio filósofo, esto fue el gran terremoto de su vida, que lo alejó de la etapa estética. El segundo acontecimiento fue la ruptura de su compromiso amoroso con una mujer de la que estaba perdidamente enamorado por una razón puramente religiosa, ya que consideraba que no podía compartir con el ser que amaba la terrible confesión de su padre y decidió que él debía llevar en soledad esa carga, esa pesada cruz.

Søren Kierkegaard definió tres formas de existencia que un hombre puede atravesar:

1. Estadio estético: es un momento donde el hombre pretende que el goce instantáneo sea para siempre. En este momento hay nostalgia de lo eterno y lo más importante aquí es el placer.

2. Estadio ético: es el momento donde el hombre serena su vida, busca la estabilidad y obedece al deber.

3. Estadio religioso: es el momento de superación de la ética. A través del salto cualitativo de la fe, el hombre se reconoce como miserable y pecador y logra salvarse gracias a la fe concedida por la gracia.

El pensamiento de Søren Kierkegaard está apuntalado por su defensa acérrima de la primacía del individuo sobre el sistema y es una invitación a recuperar el cristianismo originario.

La angustia

Søren Kierkegaard o, mejor dicho, su seudónimo Vigilius Haufniensis, considera la existencia humana como una paradoja, ya que el hombre está suspendido entre su propia finitud y la infinitud que se le revela de alguna manera. De la imposibilidad de solucionar esta paradoja, surge la angustia. El seudónimo trata el concepto de la angustia de una manera psicológica pero prestando especial atención al dogma del pecado original. Así, la angustia precede al pecado y según el Génesis, el pecado vino al mundo por medio de un pecado, el de Adán. Todo hombre pierde la inocencia del mismo modo que la perdió Adán, es decir, mediante una culpa, que brota en medio de la angustia con el salto cualitativo. Cuando Dios le dice a Adán: “Pero no comas del árbol de la ciencia del bien y del mal”, la prohibición angustia a Adán porque despierta en él la posibilidad de libertad, la cual consiste en que se puede.

“La angustia es una libertad trabada, donde la libertad no es libre en sí misma, sino que está trabada, aunque no trabada por la necesidad, mas por sí misma”. 

Vigilius Haufniensis sostiene que la inocencia es ignorancia y se pierde por medio del salto cualitativo del individuo. En esta inocencia el espíritu del hombre se encuentra en paz y tranquilo sin nada por lo que luchar, y esta nada genera la angustia. Por lo tanto el objeto de la angustia es esta nada, que se la suele referenciar en el uso cotidiano del lenguaje cuando se dice: “estoy angustiado por nada”.

La angustia es la realidad de la libertad en cuanto posibilidad frente a la posibilidad. El hombre es una síntesis de alma y cuerpo que se une en un tercer elemento: el espíritu. Éste está presente en la síntesis, pero como algo inmediato, algo que está soñando. El filósofo afirma que la angustia puede compararse con el vértigo de la libertad y dice:

“A quien se pone a mirar con los ojos fijos en una profundidad abismal le entran vértigos. Pero, ¿dónde está la causa de tales vértigos? La causa está tanto es sus ojos como en el abismo. ¡Si él no hubiera mirado hacia abajo! Así es la angustia el vértigo de la libertad; un vértigo que surge cuando, al querer el espíritu poner la síntesis, la libertad echa la vista hacia abajo por los derroteros de su propia posibilidad, agarrándose entonces a la finitud para sostenerse. En este vértigo la libertad cae desmayada. [..] Y cuando la libertad se incorpora de nuevo, ve que es culpable. Entre estos dos momentos hay que situar el salto, que ninguna ciencia ha explicado ni puede explicar.” 

Aquí, se habla del salto cualitativo que se da en medio de la angustia y que no puede ser explicado por ninguna ciencia. Si el objeto de la angustia fuese un algo, entonces no tendríamos ningún salto, sino una mera transición cuantitativa. El salto cualitativo hace que el hombre cambie angustia por confianza en la Providencia de Dios.

La angustia es el instante en la vida del individuo. Según lo dicho, el hombre es una síntesis de alma y cuerpo pero también es una síntesis de lo temporal y de lo eterno. En el primer caso era posible una síntesis por el espíritu pero en el segundo caso, entre lo temporal y lo eterno, no hay un tercer elemento de unión y por lo tanto no hay síntesis. El instante es esa cosa ambigua en la que entran en contacto el tiempo y la eternidad. Lo posible, corresponde por completo al futuro y aquí corresponde la angustia en la vida individual. El seudónimo de Kierkegaard sostiene que a veces solemos angustiarnos por el pasado pero que si se mira mejor veremos que al hablar así lo único que hacemos es enfocar de uno u otro modo el futuro.

“Porque para que el pasado me cause angustia es necesario que esté en una relación de posibilidad conmigo. Si me angustio por una desgracia pasada no es precisamente en cuanto pasada, sino en cuanto puede repetirse, es decir, hacerse futura.”

Según Vigilius, la relación de la libertad con la culpa es la angustia, ya que la libertad y la culpa son todavía una posibilidad. El pecado, una vez cometido, es ciertamente una posibilidad abolida, pero también una realidad injustificada, que trae consigo su consecuencia, por más que ésta sea extraña a la libertad. La angustia se relaciona con la llegada de esta consecuencia que constituye la posibilidad de una nueva situación. Kierkegaard explica:

“Por mucho que se haya hundido un individuo, todavía puede hundirse más, y este puede es el objeto de la angustia.”

La realidad injustificada pasa a ser un remordimiento y la consecuencia del pecado arrastra al individuo como:

“[…] si fuera una mujer a quien el verdugo arrastra por los cabellos, mientras ella grita de desesperación.”

Así, dice el autor, el remordimiento se vuelve loco y la angustia se lanza desesperada en sus brazos. De nada servirán las palabras y las frases hechas para conjurar este espanto y lo único que podrá desarticular a los remordimientos será la fe, o sea, el coraje de renunciar a la angustia sin angustia porque la fe será la única capaz de hacer posible la síntesis.

Además, critica a su generación contemporánea y afirma que la angustia de estos es causa de la disminución constante de la certeza y la falta de interioridad. Sostiene que la certeza y la interioridad son seriedad y esta tiene que ver con la capacidad del individuo de reincorporarse con las mismas ganas y la misma pasión a la repetición de las situaciones de su vida cotidiana, es decir, a la rutina de cada día. Dice Vigilius:

“Supongamos que el párroco se entusiasma…, mas el fuego se irá extinguiendo poco a poco por este camino; supongamos que al ejercitar esta tarea quiera conmover a todos, estremecerlos…pero unas veces más y otras veces menos. Solamente la seriedad es capaz de repetir lo mismo cada domingo de una manera regular y con la misma originalidad.”

La seriedad deberá ser causada por el mismo hombre y no introducida por cosas externas a él. El hombre que se hizo serio de la manera adecuada, demostrará cabalmente la robustez de su espíritu cuando trate todas las demás cosas de un modo ligero, es decir, apelando unas veces al sentimiento y otras a la broma. De esta manera tan pronto como falta la interioridad cae el espíritu en lo finito, porque la interioridad es eternidad o, mejor dicho, es la determinación de lo eterno en el hombre.

El personaje-autor enuncia que la angustia es una aventura que todos los hombres tienen que recorrer, es decir, que todos han de aprender a angustiarse porque el que no lo aprenda se busca de una manera u otra su propia ruina: o porque nunca estuvo angustiado o por haberse hundido del todo en la angustia. Por el contrario, quien haya aprendido a angustiarse de forma debida, habrá alcanzado el saber supremo. Explica que la fuente de la angustia no está fuera del hombre, sino en el hombre mismo y sólo ella junto con la fe resulta educadora. Así, el educado por la angustia será un educado en la posibilidad que se tornará más pesada que la misma realidad, ya que el hombre que esté angustiado en un momento dado, y al momento siguiente sigue angustiado comprobará que la posibilidad es más pesada y la realidad es mucho más ligera. El individuo, para su correcta educación, debe ser honrado con respecto a la posibilidad y debe tener fe, la cual se entiende como la certeza interior que anticipa la infinitud. Vigilius critica a los que se jactan de jamás angustiarse y les achaca una falta enorme de espiritualidad. Pero el discípulo de la posibilidad está expuesto a un peligro muy grave si llega a entender mal la angustia y no es conducido hacia la fe sino alejado de ella: el suicidio. Por el contrario, para aquel que haya sido bien educado, los ataques de la angustia serán horribles y espantosos, pero el hombre no escapará sino que al contrario le dará la bienvenida de una manera festiva.

“La angustia será para él [el hombre] un espíritu a su servicio y le conducirá, mal que le pese, adonde él quiera. Cuando ella se anuncie, cuando ella dé a entender insidiosamente que acaba de inventar algunos medios terroríficos completamente nuevos y que ha llegado a ser más espantosa que nunca, entonces él no retrocederá, ni menos tratará de alejarla con ruidos y algarabía, sino que le dará la bienvenida y la saludará de una manera festiva.”

El hombre, a solas con la angustia, se ofrecerá a su disposición para que ella inunde su alma y de esta manera expulsar todo lo finito y todas las mezquindades que haya en ella. La angustia no se anda con titubeos, sentencia en corto e impone en seguida el triunfo de la infinitud.

De esta manera, concluye Vigilius Haufniensis, la angustia, con la ayuda de la fe, podrá educar al individuo para que descanse en la confianza de la Providencia de Dios.

Resumiendo su pensamiento, podemos decir de la angustia lo siguiente:

 Ante la condición finita del hombre y la afirmación de la eternidad, éste siente angustia, cuyo objeto es la nada y en donde el hombre se halla suspendido.

 La angustia es un estado psicológico que precede al pecado. La misma angustia es una libertad trabada, angustia por la posibilidad de libertad, la cuál está en una relación de vértigo con la libertad. Por esto la angustia no es angustia por el pasado sino por las posibilidades del futuro.

 La angustia educa al hombre en la posibilidad. Éste debe recibir a la angustia, no alejarse de ella, y al hundirse en la nada, que es el objeto de la angustia, se salva de todo lo finito y engañoso, y con la ayuda de la fe se entrega completamente a la Providencia de Dios.


Martín Heidegger

Introducción


Martín Heidegger (1889-1976) fue un filósofo alemán y uno de los más importantes del siglo XX. El problema que preocupó a Heidegger es el problema del ser e intenta desarrollar una teoría general del ser, es decir, una ontología general. Pero vistas las dificultades para esto, inicia la analítica de la existencia humana y así sostiene que para hacer la teoría general del ser, primero hay que hacer un análisis de cierto ser en particular y este es el existente humano que lo denomina Dasein. Así, la analítica existencial de Heidegger será la tarea de analizar el Dasein. Este Dasein no puede ser capturado por la definición, porque para cada momento tiene en sus manos la decisión que determina su futuro libremente y no es un ser cerrado sino que debe pensarse como una posibilidad de construir y de edificar, mediante sus actos existenciales, una esencia. Según el filósofo, de esta manera yo elijo en cada instante lo que seré en el instante posterior, ya que estas opciones van constituyendo mi ser y haciendo que yo sea lo que soy. Así, el existente nunca se podrá concebir como una cosa mientras tenga por delante posibilidades de realización para que su ser crezca o se modifique.

La analítica del Dasein deberá buscar, para su tarea de sacar a luz el ser del Dasein, una de las más amplias y originarias posibilidades de apertura, implícita en el Dasein mismo. De esta manera Heidegger pone a la base de este análisis el fenómeno de la angustia y en su libro Ser y tiempo (1927) el filósofo escribe sobre la disposición afectiva fundamental de la angustia como el modo eminente de la aperturidad del Dasein.


La angustia


Martín Heidegger prosiguió con el concepto de angustia con un propósito diferente al del seudónimo de Søren Kierkegaard, y hace de la angustia una disposición del ánimo mediante la cual se le revela al hombre la nada y su existencia sostenida en ella misma. La angustia es un derrumbamiento del ente, un hundimiento, y así es la condición misma de una existencia temporal y finita. La angustia es lo que se encuentra siempre en el fondo del hombre cuando no se halla distraído entre las cosas.

El filósofo alemán sostiene que la angustia es la posibilidad que debe darnos “información” sobre el Dasein mismo como ente. Esta información sólo es posible en la apertura del Dasein y se funda en esta disposición afectiva y el comprender. En la caída del hombre es donde éste se puede autocomprender de una manera mucho menos artificial o engañosa que en otros estados, y así la angustia se determina como un medio metodológico para la comprensión del propio Dasein. 

Martín Heidegger llama a la caída del Dasein la huida ante sí mismo. El Dasein cae en lo que el filósofo denomina el Uno (la maquinaria económica, social y cultural donde estamos insertados) y en el “mundo” de la ocupación. En esta caída el Dasein se da la espalda a sí mismo, y la caída misma está fundada en la angustia cuya consecuencia es el miedo.

El filósofo explica que la angustia se encuentra ante algo indeterminado y la totalidad de lo que está “a la mano”. Así frente a la angustia el mundo se viene abajo y adquiere el carácter de una total insignificancia. Lo que caracteriza a la angustia es que “no es nada y no está en ninguna parte” y ésta desconoce aquello ante lo que se angustia, y lo que oprime y atormenta al hombre no es esto o aquello sino la posibilidad de lo que está a la mano en general, es decir, el mundo mismo, como un mundo de posibilidades. Así dice Heidegger:

“Una vez que la angustia se ha calmado, el hablar cotidiano suele decir: ‘en realidad no era nada’ ”

Para Heidegger la nada del estar “a la mano” se funda en algo: en el mundo. Esto significa que aquello ante lo cual la angustia se angustia es el estar-en-el-mundo mismo y así el angustiarse abre originaria y directamente el mundo en cuanto mundo. Aquí se revela la coincidencia del filósofo alemán con el filósofo danés Kierkegaard que consideraba a la angustia como consecuencia de la posibilidad de libertad.

Según Heidegger la angustia no es sólo angustia ante, sino angustia por y aquello por lo que la angustia se angustia no es un determinado modo de ser ni una posibilidad del Dasein, la amenaza misma es indeterminada. Aquello por lo que la angustia se angustia es estar-en-el-mundo mismo. La angustia aísla al Dasein en su más propio poder-estar-en-el-mundo, que en cuanto compresor, se proyecta esencialmente en posibilidades. Heidegger explica que con el “por” del angustiarse la angustia abre al Dasein como ser posible en cuanto aislado en su aislamiento y le revela su ser libre para la libertad de escogerse y tomarse a sí mismo entre manos.
Por lo tanto, Heidegger remarca la coincidencia de que aquello ante lo cual la angustia se angustia y aquello por lo cual la angustia se angustia en el estar-en-el-mundo mismo. Dice Heidegger:

“La identidad del ante-qué y del por-qué de la angustia se extiende incluso al angustiarse mismo, porque éste, en cuanto disposición afectiva, es un modo fundamental del estar-en-el-mundo.”

Heidegger sostiene que uno en la angustia se siente desazonado y que con esto se expresa la peculiar indeterminación del “nada y en ninguna parte” en que el Dasein se encuentra cuando se angustia. La angustia nos derrumba la familiaridad cotidiana del “estar como en casa” porque el Dasein queda aislado y en soledad en cuanto estar-en-el-mundo. El estar-en cobra el modo existencial del no-estar-en-casa, que es lo que quiere decir cuando se habla de desazón. El tranquilo y familiar estar-en-el-mundo es un modo de la desazón del Dasein y por lo tanto el no-estar-en-casa debe ser concebido, según el filósofo, como el fenómeno más originario y auténtico del hombre.
Concluye Heidegger que sólo en la angustia se da la posibilidad de una apertura privilegiada, porque ella aísla. Este aislamiento recobra al Dasein sacándolo de su caída, y le revela la propiedad e impropiedad como posibilidades de su ser. En la angustia estas posibilidades se muestran tales como son en sí mismas, no desfiguradas por el ente intramundano al que el Dasein inmediata y regularmente se aferra. 

Conclusiones y algunos aportes

La angustia existencial


La angustia se aparece en nuestras vidas como ese fenómeno que nos deja suspendidos en la nada misma y arrojados en la existencia sin posibilidad de aferrarnos a nada excepto a nosotros mismos. Por esto Heidegger sostiene que la angustia se presenta ante nosotros como la tumbadora de la familiaridad, de la tranquilidad, del “estar como en casa” y por eso, según el filósofo, lo propio y originario del hombre es “el no estar como en casa”. La angustia nos invita a dar un salto sobre la nada, a través de nuestra posibilidad libre de elegir lo que queremos ser en cada instante de nuestra vida, y esto es precisamente lo que provoca la angustia, angustia de elegir entre un manojo de opciones que evaluamos sin sentido para nosotros pero que tienen resultados inmediatos en cada instante de nuestra existencia. Tanto el seudónimo de Kierkegaard como Heidegger remarcan el fenómeno de la angustia como aquel que surge a partir de la posibilidad de libertad de nuestro ser arrojado en el mundo.

En medio de la angustia, que la posibilidad de libertad nos genera, nos encontramos frente a una nada a la cual no sabemos cómo responder, y que en el peor de los casos, estaremos acechados por el mayor de los peligros: el suicidio. La angustia lleva a que nos desprendamos de las cosas cotidianas, de las cosas que nos ocupan nuestro tiempo sin sentido y que nos rodean e invaden constantemente para que de esta manera podamos autoconocernos y elevarnos sobre nuestra propia angustia.

“Hay que aprender a angustiarse”, afirmaba Vigilius Haufniensis. La angustia es una aventura que debe ser recorrida con seriedad y coraje. Si bien la fuente de la angustia es el propio hombre, algunas situaciones externas pueden llevar al hombre a pararse ante la circunstancia donde su finitud y lo eterno, captado por él de alguna manera, confluyen. De esta manera, en ocasiones, algunos acontecimientos externos por lo general muy vinculados a los sentimientos disparan en nuestro ser la angustia demostrándonos nuestra propia finitud y extrañeza de nosotros mismos ante la existencia. En esos momentos nos encontramos en un estar en el mundo en una situación que no deseamos, cargados de compromisos inútiles, actividades que no se corresponden para nada con nuestros deseos y hasta a veces están en franca oposición a ellos. Aquí es dónde el hombre ha de elevarse sobre la angustia, dar el salto y reencontrarse con él mismo. Tal vez por esto, tanto Vigilius como Heidegger sostienen que en el uso corriente del lenguaje se dice: “estoy angustiado por nada”, ya que el objeto de la angustia es la nada y nuestra propia finitud ante la posibilidad de libertad navega sobre la nada hasta que podemos reencontrarnos con nosotros mismos.

A modo de esquematizar el tema tratado hasta aquí, podríamos identificar tres posibles dimensiones en el fenómeno de la angustia: una dimensión que podríamos llamar la dimensión de la autocomprensión, otra que podríamos denominar dimensión educadora y por último una dimensión de la oportunidad.

1. Como un medio de autocomprensión: Heidegger explica que la posibilidad de compresión de nuestro ser va de la mano de la comprensión que hacemos ante la caída en el fenómeno de la angustia. Esta caída nos proporciona información valiosa de nuestro ser y de esta manera nos autoconocemos y autocomprendemos. Según Heidegger aquí la angustia “por” el estar-en-el-mundo mismo abre al ser como ser posible en su aislamiento, le permite pensar lo que quiere ser en cada momento tomando las opciones que le da la posibilidad de la libertad. Este estar en el mundo puede generar el sentimiento de desazón, del que habla Heidegger como un “no estar como en casa”, o sea como un no estar conforme, o mejor dicho, estar inconforme con el presente que se vive, con la situación en que se está en el mundo en un momento determinado de nuestra realidad. Y ante ella nos encontramos como desfasados de nosotros mismos, como extrañados habiendo perdido nuestro lugar en el mundo sin poder encontrar un sentido a nuestra vida y suspendidos en la nada misma, que es objeto de nuestra angustia. Este estado de angustia resultará provechoso para transformar esa extrañeza que nosotros sentimos en un reencuentro y autoconocimiento con nosotros mismos.

2. Como educadora: Vigilius sostiene que la angustia es para el hombre educadora en la posibilidad y al considerarla de esta manera, nos recuerda aquella frase de Platón que dice: “Cada lágrima enseña a los mortales una verdad.”. La angustia es una fuente de sabiduría que se obtiene sólo cuando se vive la angustia y, dejándonos invadir por ella, la afrontamos dentro de nuestra interioridad. La angustia se afronta, no se confronta contra ella como si fuera una batalla en la que deseamos triunfar, al contrario, tenemos la oportunidad de usar la propia fuerza de la angustia para darnos el envión hacia nuevas posibilidades de crecimiento y cambio. De esta manera, la angustia también, nos fortalece ante nuevas situaciones que nos golpean y nos atraviesan en el devenir de nuestras vidas, y nos hace valorar las cosas realmente importantes y alejarnos de la distracción del mundo “a la mano”.

3. Como generadora de oportunidades: tanto el seudónimo de Kierkegaard como Heidegger sostienen la idea de la angustia frente a la posibilidad de la libertad y como apertura a la posibilidad, porque a partir de ella se logra despejar del camino todas las actividades del hombre triviales y sin sentido. La angustia será como una especie de aspiradora del alma, de la cual se desprenderá todo tipo de aferramiento a lo material, a lo finito, a lo pasajero y sin trascendencia de esta vida, dejando al descubierto lo realmente importante. Así, Heidegger sostiene que en esos momentos: “El mundo adquiere el carácter de una total insignificancia” y la angustia abre el mundo en cuanto mundo de posibilidades y de apertura al ser del hombre. Para el filósofo alemán, la angustia es aquella que nos embarga, apoderándose de nosotros y haciendo que perdamos la conexión y el apego con las cosas y las personas, y afrontemos el mundo en su totalidad como ser arrojado en este mundo. La angustia, como huida de nosotros mismos puede ser muy provechosa, porque al perder el contacto con el Uno, que es el ambiente donde estamos insertados y distraídos, tenemos ante nosotros la posibilidad de reencontrarnos con nosotros mismos. Lo Uno es lo impropio y de esta manera la angustia nos permite deshacernos de lo Uno y acercarnos a lo propio, que somos nosotros mismos. Así, la angustia abre un abanico de oportunidades para el ser, oportunidades que lo llevan al cambio y al crecimiento. 

El seudónimo de Kierkegaard sugerirá el salto a la fe como salida de la angustia y la aceptación de la Providencia de Dios. Heidegger, sin embargo, planteará la aceptación de nuestra finitud y la posibilidad de tomar a la angustia como una disposición de apertura del Dasein.

Como conclusión, diremos que ante el fenómeno de la angustia, que es una aventura imposible, o a lo sumo, muy difícil de esquivar en nuestras vidas tenemos una maravillosa oportunidad para el futuro, si en vez de confrontarla con engaños o refugiándose en los ruidos externos se elige el sendero de perderse en la propia angustia para reencontrarnos con nosotros mismos y de esta manera afrontar a la angustia dando ese salto cualitativo que lleva atado un enorme bagaje de autenticidad y valentía.

La angustia en la sociedad actual

Soy partícipe de la idea de que la filosofía tiene sentido siempre y cuando le demos sentido en nuestra vida cotidiana y que no se reduzca solamente a especulaciones teóricas en las universidades y en los círculos académicos. Tal vez con esta propuesta, que no es para nada original sino que sigue el movimiento de la práctica filosófica de llevar la filosofía a nuestra vida cotidiana y a nuestra gente se reprochará que a mucha gente no le interesa la filosofía, pero sin lugar a dudas la gente sufre la angustia, y aunque no le interese la filosofía, la filosofía le puede decir algo sobre cómo afrontar su sufrimiento. Y sacar la filosofía de la academia no significa abaratarla ni denigrarla, sino por el contrario promover su interés, ya que el mismo Sócrates practicaba filosofía en las plazas públicas y lo hacía con toda aquella persona que lo quisiera y por eso no se abarató la filosofía ni mucho menos se denigró, sino que fue condición para que un filósofo como Platón escribiera una de las obras filosóficas más importantes de la historia.

En el mundo de hoy, donde todo o casi todo está sometido a un constante y vertiginoso cambio y donde las tecnologías hacen inestables y laxas las relaciones entre los hombres mismos y con las cosas, la angustia sobreviene en nuestras vidas a partir de diferentes disparadores. Así, un divorcio inesperado después de muchos años de convivencia, una relación muy intensa entre dos personas que sufre un corte abrupto, la pérdida de un familiar, la pérdida de un trabajo cuando hay una familia que depende de esto para su subsistencia y muchos motivos más son algunas de las tantas situaciones que en nuestra vida pueden disparar ese estado de angustia. De esta manera, el hombre se ve abatido y derrumbado, suspendido en una nada acuciante sin posibilidad de aferrarse a lo que tal vez antes lo sujetaba o le constituía un sostén seguro y tranquilo. El hombre, extrañado de él mismo, reconoce su finitud y el valor de lo perdido, cuya posesión, le generaba en su interior esa extraña captación de lo eterno o lo infinito. En ese encuentro entre nuestra finitud (todo lo que vivimos que se termina, se pierde, muere, desaparece o simplemente se va a otro lugar) y la infinitud (esa extraña captación de lo eterno que experimentamos en algunas oportunidades cuando todo va “viento en popa” o nos sentimos “como en casa” tranquilos y seguros) se sitúa la angustia.

Una vez hundidos en la angustia, de nada nos valdrá intentar esquivarla o rehuir con falaces estrategias que tarde o temprano estallarán por su simple condición de engañosas. Habrá entonces que AFRONTAR la angustia, sumergiéndonos en ella para elevarnos con el envión de su propia fuerza hacia nuevas posibilidades para lo que queramos ser. Mientras persista la angustia, nuestra tarea será descartar de nosotros todo lo finito que sea inútil, lo que nos ocupe tiempo y que ya no tiene sentido para nosotros, lo trivial, lo que genere estancamiento y mediocridad, compromisos inútiles en los que estamos sometidos sin ningún beneficio y deshacernos de relaciones estériles y demás sin sentidos. De esta forma tendremos que prestar especial atención a nuestros deseos más profundos, a nuestras ganas de hacer, de inventar, de crear desplegando así todo nuestro potencial imaginativo para apuntar hacia lo que verdaderamente queremos ser aprovechando la posibilidad de la libertad. Esto será como un trabajo de limpieza cuyo momento es ahora y por esto mismo diremos que nunca es tarde para una buena angustia.

La angustia también se ve refleja en el espíritu de muchos tangos cuyas letras sobreviven el paso del tiempo. Así, no es de extrañar que un compositor como Enrique Santos Discépolo haya escrito varias letras de tangos inspiradas en el fenómeno de la angustia y de esta manera lo manifestó en letras como ¿Que sapa Señor? (1931) donde tenemos una referencia de un hombre angustiado suspendido en la nada:

[…]

Al hombre lo ha mareao
el humo al incendiar.
Y ahora entreverao
no sabe adónde va...
Voltea lo que ve
por gusto de voltear,
pero sin convicción, ni fe...

[…]

Hoy todo Dios se queja,
y es que el hombre anda sin cueva...
Voltió la casa vieja
antes de construir la nueva.

Creyó que era cuestión
de alzarse y nada más...
Romper lo consagrao,
matar lo que adoró.

No vio que a su pesar
no estaba preparao;
y él solo se enredó al saltar...

Como dijimos anteriormente, la angustia abrirá al ser nuevas oportunidades que antes ni siquiera habíamos contemplado como posibilidades. Éstas mismas se podrán manifestar como nuevos trabajos, nuevas amistades, nuevos amores, nuevas oportunidades para desarrollar nuestras capacidades intelectivas y hasta el desarrollo de alguna cualidad que teníamos censurada y grisácea por el polvillo del tiempo. Por eso sostenemos que hay que afrontar la angustia, porque en medio de la angustia surgen preguntas nuevas que no son de fácil respuesta e incluso de respuestas peligrosas, y si en vez de afrontar estas respuestas con valentía y coraje elegimos el camino de la evasión o la confrontación intentando triunfar como si fuera una batalla daremos respuestas momentáneas que nos impedirán saltar sobre la nada de la angustia. Entre estas respuestas momentáneas, podríamos nombrar el refugio en las drogas, el alcohol y otras más drásticas elecciones que nos podrían llevar hasta el suicidio. Este tipo escapatorias no harán más que empeorar y reducir las posibilidades del futuro, y si se me dice que no había anteriores posibilidades, diré entonces que ahora habrá menos.

Como conclusión final, diremos que la angustia puede ser vista como algo liberador que nos desata esa camisa de fuerza puesta por nosotros mismos dejándonos abiertos hacia el cambio y el crecimiento siguiendo nuestro modo de ser auténtico. La angustia, en definitiva, es crisis y las crisis, como dijo el físico alemán Albert Einstein, son la mejor bendición que les puede suceder a las personas, porque la crisis trae progresos y la creatividad nace de la angustia y quien supera la crisis se supera a sí mismo sin quedar superado. 


Bibliografía


José Ferrater Mora, Diccionario de filosofía. Editorial Sudamérica. Buenos Aires.
Manuel Gonzalo Casas, Introducción a la filosofía. Editorial Gredos, S.A. Cuarta edición. 1970. Madrid. España.
Martín Heidegger, Ser y tiempo. Edición electrónica de www.philosophia.cl
Escuela de Filosofía Universidad ARCIS. Traducción: Jorge Eduardo Rivera.
Søren Kierkegaard, El concepto de la angustia. Ediciones Libertador. Buenos Aires, 2006.

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